Como en el 68

Como en el 68

Hoy, en febrero de 2020, estamos reviviendo básicamente la misma situación pre revolucionaria de octubre de 1968, cuando la conciencia nacional hubo de enfrentarse con un gobierno cada vez más débil y corrupto frente a la expoliación de nuestro petróleo a manos de la International Petroleum Company (IPC). Hay, por supuesto, diferencias de forma y métodos pero el problema es equivalente; los norteamericanos habían construido un enclave extraterritorial en Talara y prácticamente no pagaban impuestos, además de amenazarnos con una enmienda que nos dejó como parias en el mundo. Todo desembocó en el largo período dictatorial militar hasta 1975.

Ahora, la empresa que nos expolia es la brasileña Odebrecht, a la cual sucesivos gobiernos le han permitido la aplicación de métodos criminales de negociación junto a un consorcio brasileño-peruano que han saqueado al país por más de 25 mil millones de dólares; y que si bien no ha consolidado un espacio territorial como en los viejos imperialismos, sí ha tenido la demostrada fuerza de poner y sacar funcionarios del gobierno, desde presidentes de la república hasta jueces y fiscales.

Si el 68 el detonante fue la “página 11” por la pérdida de dicho texto en el acuerdo con la IPC, hoy la bomba de tiempo es nada menos que un acuerdo vendepatria que le permite a ODB cobrarnos 524 millones de soles y demandarnos arbitralmente ante el CIADI por 4 mil millones más, extorsionándonos con la renovación del contrato grotesco del Gasoducto Sur por valor de 7,500 millones de dólares.

Bajo el primer belaundismo hubo una larga serie de corruptos que permitieron los abusos de la IPC; hoy la lista más visible la encabezan desde el dictador Martín Vizcarra (ex socio de ODB), varios de sus ministros, hasta un par de fiscales truhanes que ha negociado un acuerdo entreguista mantenido como secreto de Estado.

A diferencia de los años 60, cuando la gran prensa era combativa y principista, hoy el cartel mediático funge como sicario de la corrupción y es pagado prostitutamente con el impuesto de todos los peruanos.

Nadie quiere una revolución militar y menos un felón como Velasco, pero sí existe la urgencia de un levantamiento del pueblo democrático que ponga fin al robo sistemático, la desvergüenza y la dictadura vizcarrista. Necesitamos que la derecha popular se aglutine y un líder convoque al enfrentamiento -por todas la vías- contra un sistema que ya no apesta, sino que hiede.