El Bicentenario, como tantas otras cosas, no deja de ser una narrativa que maquilla la podredumbre de los hechos históricos que explican lo que hoy somos como país. Nuestra historia ha sido manipulada repetidamente, presentando, por ejemplo, a Pizarro como a un aventurero ignorante, en vez de un experimentado soldado en Italia y Flandes, integrando los Tercios castellanos, la mejor infantería de su época. El Perú, cuya identidad nacional recién comenzó a tejerse con el mestizaje, se encontraba mucho mejor organizado a comienzos del siglo XIX que ningún otro dominio español. Eso fue posible porque mestizos y criollos estaban plenamente integrados en las estructuras sociales y económicas del virreinato y, en consecuencia, interesados en mantener un régimen que les garantizaba jerarquía, tierras y comercio. Solo un puñado de intelectuales liberales, aquellos que juraron con entusiasmo la Constitución de Cádiz, aquella que convirtió a todos los nacidos en las colonias en ciudadanos españoles pero que no fue aceptada por el infame Fernando VII, dirigía su frustración hacia el sueño de la independencia.
Ya en Huara, San Martín se percibe débil y planea regresar a Valparaíso al carecer del poder militar suficiente, pero el Marqués de Torre Tagle, entonces Intendente de Trujillo, se pasa al bando independentista y obliga al retiro de Pezuela a la Sierra de Lima. El apoyo social en Lima lo brindó el Conde de San Isidro, cuyo liderazgo permitió que la élite limeña capitulara ante los militares argentinos y chilenos, y firmara el Acta de la Independencia redactada por Manuel Pérez de la Tudela.
Para los románticos, que aspiraban celebrar el Bicentenario en armonía y con fastuosos homenajes, tal como Leguía pudo organizar para el Centenario, conviene recordar que nuestro primer presidente, José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, asumió el cargo como resultado del primer golpe de Estado, el famoso “motín de Balconcillo”, y lo hizo tan mal que el 17 de junio de 1823 tuvo que refugiarse en el Callao mientras que el general español Canterac ocupaba Lima con su ejército, mayoritariamente integrado por indios y mestizos peruanos. Debido a su incapacidad, fue el primer presidente vacado por el Congreso y desterrado a Inglaterra, aunque después fue reivindicado por Santa Cruz.
El Bicentenario nos encuentra sumergidos en una nueva crisis, causada en parte por una independencia prematura, una historia oficial falseada, una sociedad invertebrada y una clase política carente de visión de país. Como hace doscientos años, la traición y la mezquindad son las monedas que compran poder y postergan peruanidad.

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