Las catástrofes políticas son consecuencia de factores que se unen en una especie de “tormenta perfecta” para escribir las páginas más oscuras de las naciones. Italia, por ejemplo, rompió su neutralidad durante la Gran Guerra solo para demostrar las debilidades de su ejército y no pudo obtener ninguna de su reivindicaciones territoriales a pesar de integrar el bando vencedor, aunque en calidad de aliado menor. Con el orgullo nacional herido, el tradicional Partido Socialista no resistió las tensiones internas y se dividió, surgiendo así el Partido Comunista, mientras que el Partido Fascista se nutre de los retazos. Los políticos conservadores y liberales, al no lograr mayorías sólidas ni gobiernos estables, permitieron el fortalecimiento de todo tipo de ideas radicales, convirtiéndose las calles, las fábricas y las haciendas rurales en escenarios de la creciente violencia que atemoriza a la sociedad.
En 1922 la huelga general de los comunistas es aplastada por los camisas negras y el Partido Nacional Fascista comienza a ser visto como el único capaz de poner fin al caos imperante. En octubre de ese año fue la “Marcha sobre Roma” y el jefe de estado, Victor Manuel III, en lugar de declarar el estado de sitio, encarga a Mussolini formar gobierno. Una vez en el poder, puede difundir exitosamente un discurso extremadamente nacionalista que, al evocar la grandeza de la Roma imperial seduce a los pobres, al tiempo que garantiza seguridad a los empresarios; por ello, pudo suprimir la libertad de prensa y modificar la ley electoral, pues ya se sabía que la clave del triunfo no es convencer a los electores sino contabilizar sus votos. Italia lo experimentó en las elecciones de 1924, que otorgaron mayoría absoluta a los fascistas. Ese año se pudo despedir del gobierno a Mussolini por el escandaloso asesinato del diputado opositor Matteotti, pero el temor del jefe de estado fue mayor que su responsabilidad; no importó que el Partido Popular abandonara el Parlamento, la ciudadanía, ya convertida en masa manipulable, había encontrado a su líder. Comienza luego el cierre de los partidos políticos y sindicatos, y se castiga a las universidades que aún enseñan pluralismo.
En 1928 la Cámara de los Fascios y Corporaciones sustituyó al Parlamento, inaugurando la “democracia funcional” sustentada en representantes cooptados por las organizaciones gremiales, sindicales y empresariales, convenientemente controladas por el gobierno autocrático, así se reemplazó la “antigua y superada teoría de representación política”, tal como ahora pretende el renaciente socialismo bolivariano. Solo una nueva guerra mundial pudo liberar a Italia del totalitarismo.

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