La batalla final que tendrán que librar las dos fuerzas políticas conservadoras que pasaron a la segunda vuelta electoral será de tal magnitud, que poco o nada podrán sumar los demás líderes con1 sus endoses partidarios y su poco peso en los niveles socio económicos A, B y C+. El encuentro crucial se dará en los niveles C-, D y E, y tendrá como zona de conflicto los Andes peruanos, de Norte a Sur, pasando por el Centro del territorio nacional.
Castillo ya inició su pase a la moderación. Sabe perfectamente que un 19% de respaldo inicial no sostiene la propuesta radical que izó como bandera de campaña en la primera vuelta. Sus movimientos estratégicos apuntan a quebrar el bloque de derecha, obteniendo el respaldo de Hernando de Soto para su causa. Si lograra este respaldo lograría casi casi un jaque mate en el tablero de ajedrez, y la suerte estaría casi echada; pero De Soto aún no ha sido contundente con su decisión final. Solo ofrece su apoyo al ganador -hasta el momento. La otra apuesta es definir, de una vez por todas, un ministro de Economía que asegure la continuidad de una estabilidad macroeconómica en el corto plazo, pero que asegure como contraparte una Asamblea Constituyente para resolver a mediano y largo plazo el capítulo económico con una nueva Constitución.
Fujimori, por su parte, la tiene mucho más difícil. Sabe que debe viajar por todo el corredor andino y minero para pelear, voto a voto, ese afecto y cariño que Castillo le viene robando por esa repetida ausencia de Estado y Mercado. Pero la Justicia le viene jugando en contra, haciéndole perder horas y días claves de campaña, al no autorizar aún su permiso para viajar al interior del país. Sabe perfectamente que el respaldo que viene recibiendo de Vargas Llosa y otros es insuficiente. Que al sector que definirá esta elección le importa muy poco lo que el nobel y sus seguidores piensen sobre el mal menor. Fujimori tiene que reconvertir en menos de dos meses una novedosa narrativa que convierta al pequeño productor olvidado del interior en un emprendedor con sueños exportadores y sin intermediarios, donde el cooperativismo moderno se vista de verdadero capitalismo popular.
Dos pensamientos conservadores en pugna. Dos movimientos que comparten la misma base social. La gran desventaja del fujimorismo es que los últimos 25 años el discurso oficial nos repitió que ellos eran los enemigos número uno del país, luego sustituidos por Odebrecht; pero nadie volvió a recordarnos que los radicalismos de izquierda (maoístas) también eran nuestros enemigos. El último político que nos lo pudo decir con eficiencia se suicidó hace dos años.