Desde pequeña edad, hemos recibido enseñanza en el sentido de que el contenido de lo que se dice debe ser serio, pero la forma de expresarlo debe ser la conveniente o adecuada. Compendiando, debe haber correspondencia entre contenido y forma.

Tratándose de reuniones internacionales en que altos dignatarios de la Nación deben representarla, la exigencia que se cumpla con el buen contenido del mensaje y la forma de expresarlo es mucho mayor, pues no se trata de manifestar posiciones privadas o particulares, sino que lo que se diga compromete al país, más cuando se trata del Presidente de la República que no solo personifica a la Nación sino que, además, define y conduce la política exterior del Estado secundado por la Cancillería.

Viendo retrospectivamente el siglo precedente y lo recorrido del presente, cada vez hay más reuniones internacionales, al igual que han crecido los foros que ya existían, se han agregado nuevos, cada día con más especialización y con rigores cognitivos.

En las reuniones a las que nos referimos, nos han representado primeros mandatarios parcos en sus expresiones, otros sumamente comunicativos, algunos con elevado y gran contenido, mientras otros no tan versados, pero en ocasiones entretenidos y cuyos discursos serían citados con el correr de los años.

Dos expresidentes de la República destacaron por el contenido y forma, en sus presentaciones en foros internacionales. En orden de antigüedad uno fue Fernando Belaunde Terry y luego Alan García Pérez. El primero con gran manejo de las formas y tratando de mostrar belleza a través de la palabra, como que era arquitecto. El segundo con gran conocimiento de lo académico y sumamente culto, y con la formación en un partido que preparaba cuadros, dentro de la ideología social demócrata que profesaba.

Ambos mostraban gran elocuencia en sus discursos, no solo los que se preparaban sino también los que improvisaban, aunque para los temas internacionales no es conveniente esta última práctica, siendo mejor limitarse a lo que se haya coordinado con la Cancillería que tiene el bagaje actualizado de las materias a tratar.
Discurso como el de Belaunde en Punta del Este o de Alan García ante la ONU, son piezas de antología. Eran discursos que además de ser muy expresivos tenían la virtud de cautivar a sus oyentes. Como dirían las nuevas generaciones del milenio, eran discursos que “rompían”.

No todos los gobernantes gozan de las mismas bondades y características y nada obliga que sean fluidos oradores, pero sí deben estar obligados a ser absolutamente sinceros, hablar con la verdad, prometer lo que se puede, explicar los procedimientos y recursos para lograrlo. Nada de promesas irreales ni crear falsas expectativas, como tampoco decir lo que otros quieran escuchar, aunque el orador no tenga ánimo de cumplimiento.

Eso de practicar el dicho de “prometer hasta obtener y una vez obtenido olvidar lo prometido” tiene que desterrarse definitivamente. Sí conviene recordar que Fernando Belaunde, refiriéndose al podio para dictar su cátedra democrática, dijo que “este no es altar para hacer milagros, sino pedestal para dirigir la dura labor de construcción del país…”

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