Aunque sigamos asistiendo a un escenario en el cual el Covid-19 no decrece significativamente y las restricciones impuestas a la población luego de muchos meses de encierro domiciliario y desorden generalizado en calles y plazas mientras duraba el confinamiento, están provocando un desborde social en todo el país, porque la gente desesperada, angustiada por el hambre, falta de trabajo y sin libertad, con toda la depresión desatada en su mundo interno, busca escaparse de la realidad, o por el alcohol, drogas, música y bailes en bares y discotecas; estamos constatando lo de siempre, que, si todo el proceso anticovid fue mal diseñado y peor ejecutado, no podemos esperar que las secuelas postcovid sean un dechado de eficiencia y eficacia gubernamental.

Creemos que el presidente, en vez de estar ofertando vacunas que aún no existen en el mercado o quejándose porque la burocracia estatal impide una compra rápida y que el plazo mínimo para hacerlo es de seis meses, olvidándose que como gobierno puede modificar parámetros normativos y evitar que la gente se muera en sus casas o en hospitales que no cuentan ni con equipos ni con personal médico suficiente; tiene que ir actuando desde ahora para comprar los millones de vacunas que, por ahora solo existen en su mente, debería disponer, no como lo ha hecho hasta ahora despilfarrando un mundo de plata de publicidad para que la población asuma con disciplina las disposiciones gubernamentales, sino exigiendo a equipos especializados la presentación de protocolos de tratamiento que han tenido éxito durante todo este tiempo de pandemia, para que los que tengan síntomas o pruebas positivas, ante hospitales y clínicas saturados, puedan, con un diagnóstico médico mínimo, asumir tratamientos de emergencia a sabiendas que el Covid-19 ataca o al estómago, o al pulmón, o al corazón o a la piel, de modo que los médicos que no tienen la especialidad de infectólogos, dejen de improvisar con pacientes que no tienen dinero para que les cambien de medicamentos o empeoren su salud con diagnósticos improvisados.

Tal vez, según al órgano humano más atacado por el Covid, el gobierno debería disponer bolsitas de medicamentos para cada caso y a precios económicamente al alcance de todos, pero centrándose en la atención de los menos favorecidos con su distribución o venta a través de postas o centros móviles de distribución que se movilicen hacia los cinturones de pobreza.
Nadie se ocupa hasta ahora del tratamiento post virus. Este desorden no debe continuar.