Como candidato a presidente del Perú, siendo apoderado del impresentable Chávez, Ollanta Humala fue un torpedo metido en política. La leyenda asegura que recibió de Chávez millones de dólares vía valija diplomática para sufragar su primera candidatura a la presidencia del Perú. Después se incorporaría al político-correctísmo, gracias al pope Vargas Llosa, postulando por segunda vez a la presidencia. Esa vez decidido a robarle al país millones de dólares vía concesiones otorgadas a la corrupta Odebrecht, además de receptar millones en billetes –directamente de esa constructora– para pagar su segunda candidatura. Finalmente, gobernó con muy mala leche esta nación, siendo responsable de quebrar la disciplina financiera, económica y monetaria del Perú, fuera de propulsar la chabacanería y patentar la hipocresía como doctrina de gobierno.

Susana Villarán fue otro falso valor. Trajeada de políticamente correcta y revestida de una aureola de moralidad, encandiló a la siempre tonta derecha peruana que la ayudó a hacerse de la alcaldía capitalina. Allí acabaría imputada como culpable de haber malversado –vía concesiones– sendos millones de dólares de la Municipalidad de Lima Metropolitana, entregándoles el cobro de peajes en vías rápidas a dos corrompedoras brasileñas –OAS y Odebrecht– que aportaron, además, millones de dólares para pagar una costosa campaña por el No a su (justificada) revocatoria. Evidentemente Villarán administró con uñas largas la comuna limeña. Asimismo destruiría la infraestructura que heredó de su antecesor, dedicándose fundamentalmente a “socializar” la función municipal a través de inculcarle a los limeños –a costo astronómico– una cultura chicha con sello izquierdista.

Kuczynski llegó a la presidencia hipotecado a dos sectores. Por un lado a Odebretch, con el cual había negociado siendo ministro de Economía y premier de otros corrupto, como Toledo. Y de otra parte a la izquierda caviar, a la cual buscó ilusionado para que le dejase gobernar sin desestabilizar su gestión. Para ello incorporaría a un enjambre de alacranes –como Gino Costa– a su gestión gubernativa. El desenlace usted lo sabe, amable lector.

Vizcarra sucedió a PPK. Capitalizó, a la mala, un poder omnipotente embistiendo a las fuerzas del centro político –que habían alcanzado el 72% de los votos en los comicios de 2016– consumando un golpe de Estado para cerrar el Parlamento en connivencia no sólo con la prensa corrupta –vendida a su régimen a través de la publicidad estatal–, sino con la izquierda caviar, con la cual afirmó magníficas migas como segundo de a bordo del pepekausismo.

Vizcarra –gran mitómano, hipócrita, investigado por corrupto– agravó la polarización del país. Aunque su mayor herencia es la muerte de más de cien mil compatriotas y la quiebra socioeconómica del país.

Sagasti, heredero de Vizcarra, es la esencia de la cultura caviar. Incapaz en el arte de gobernar; dueño de la verdad; como buen socialista, rodeado de inútiles; y especialista en discursear elípticamente sin decir nada. Permanece agudizando muy seriamente la crisis sanitaria, socioeconómica y política.

Pero, ¿cuál es el común denominador entre estas cinco autoridades incompetentes, cuatro de ellas imputadas por corruptelas muy serias? ¡Ser izquierdistas! Recuérdelo, amable lector.