Queridos hermanos: Hoy celebramos el Domingo de Ramos, que es un pregón, es decir una monición a toda la Semana Santa. En la primera lectura Isaías profetiza sobre Jesús, dice: “Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento”. Esto significa poner el oído, escuchar la palabra, que es poner la mejilla, “me ha abierto el oído y no me he resistido” cuando me pegaban en la mejilla y mesaban mi barba, pero en esto me ayudó el Señor, el Señor me ayudó. El Padre ayudó a Cristo, su hijo, por eso ofreció su rostro. Esto es una monición, una profecía sobre la pasión.

Por eso respondemos con el Salmo 21: “Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?” cuando se burlaban de mí y repartían mi ropa. “Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré”. Hermanos, esto es lo que nos está pasando en este contexto de pandemia. Mucha gente se burla de nosotros, los cristianos. ¿Cómo Dios permite la Covid, esta epidemia? Gritemos al Señor, hermanos, y Él nos ayudará y pondrá palabras de alabanza en nuestros labios.

San Pablo en la Carta a los Filipenses muestra la síntesis de lo que significa ser cristiano: “Cristo a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando como uno de tantos”, “actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, a una muerte de cruz”, es decir que Jesús siendo Dios se bajó, se hizo pecado por nosotros. Como dirá San Pablo: se humilló hasta ponerse a nuestros pies, cargando con nuestras debilidades, con nuestros pecados. “Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”. Es decir, que cuando invocamos el nombre del Señor, el Señor nos ayuda, porque él siempre está entre los oprimidos, Él toma la condición de dejarse oprimir gratis, para salvar a todos los que oprimimos con nuestra rebeldía o lenguaje. Por eso el versículo antes del evangelio dice: “Cristo se sometió a una muerte y una muerte de Cruz por todos nosotros”

El Evangelio es del apóstol San Marcos ¿qué contemplamos? Contemplamos a un hombre libre, es decir que no contesta a nadie, no hace violencia a nadie, no se defiende, no se resiste al mal. ¿Qué le hemos hecho los hombres? Nosotros, los hombres, hemos matado a Dios, hemos matado a Jesús. Pero Él nos muestras la gran libertad, qué es ser hombre en la tierra, que consiste en poner la mejilla y esto es una gracia de Dios. Dice también: “heriré al pastor y se dispersaran a las ovejas”. ¡Cuántas ovejas están dispersas porque han herido al pastor! lo vemos continuamente hoy en la iglesia. Aparece, por ejemplo, el diálogo de Pedro, que lo niega, niega a Jesús, niega conocerlo. El Señor nos invita, hermanos, a prepararnos para dar la vida. Jesús, para aceptar la pasión, se fue a rezar y cuando retornó se encontró que los apóstoles estaban dormidos. También nosotros estamos dormidos frente a la pasión de tantos enfermos, de tantos muertos; y frente a esta realidad de muerte huimos, como los apóstoles. Sin embargo, Cristo se apoya en el Padre. Cuando le golpearon en la cabeza con una caña, le escupieron y se burlaron de él, considerándole como un malhechor, él no presentó violencia, es decir puso su cuerpo, su vida, en manos de los hombres, dejándose crucificar.

Cristo ha cumplido el Shemá Israel, que es el credo del pueblo de Israel: Ha amado a su Padre con todo su corazón, por eso es clavado su corazón con una lanza. Ha amado a su Padre con todas sus fuerzas. Las fuerzas del hombre son los puños, las manos con las que trabaja, por eso han sido crucificadas sus manos. Ha amado a su Padre con toda su mente, por eso es coronado con una corona de espinas. Y nos ha amado a nosotros, su prójimo, para que seamos libres. Cristo ha muerto para destruir, para vencer, en nosotros la muerte, el honor, el orgullo, la soberbia, los siete pecados capitales que nos destruyen. Ánimo, hermanos, que en esta Semana Santa podamos contemplar al Señor, que es desear que Jesús reine en nuestro corazón. Él lo quiere hacer, no nos resistamos, porque Él quiere darnos la felicidad, es decir el encuentro con el Señor.

Rezad por mí, hermanos.

+ Con mi bendición apostólica.

Obispo E. del Callao