De más de 25 millones de electores hábiles en la primera vuelta, el 30 por ciento sencillamente no fue a votar. Y los votos blancos y viciados sumaron otro 19 por ciento. El 49 por ciento, casi la mitad de los electores peruanos, no pudo, no supo o no quiso elegir.

Qué es lo que esto significa. Los peruanos están furiosos con razón. La clase media llegó a incluir al 46 por ciento de la población e incluye hoy al 34 por ciento. Más de tres y medio millones de peruanos han recaído ya en la pobreza. Quienes alcanzaron con gran esfuerzo a comprar algo a plazos pierden hoy su esfuerzo porque no pueden seguir pagando. La desigualdad de oportunidades y la pobreza han sido expuestas por la pandemia a los ojos de todos.

Por eso la pregunta no es ya si el resultado de la votación expresa solo una crítica a la clase política -como ha sido habitual por 30 años-, sino si esconde una pérdida de credibilidad en la democracia como tal.

Esto no debería sorprender a nadie. Hace ya más de una década que lo advierte la mega encuesta Latinobarómetro en toda Sudamérica. Cifras alarmantemente bajas de apoyo a la democracia y sorprendentemente altas a favor de alguna forma de autoritarismo –de izquierda o de derecha- hablan por sí solas año tras año sin que nadie escuche.

Algún politólogo chino, incluso, argumentaba fluidamente en Ted Talks que la verdadera democracia no consiste en tener elecciones periódicamente, sino en una meritocracia en el ejercicio de la función pública organizada por el gobierno de partido único.

Tal es la parálisis de silencio al respecto que, en Occidente, el debate ni siquiera adquiere nivel de debate académico.
Si la democracia pierde piso en Sudamérica, sin embargo, la defensa de la democracia actual en las elecciones es un discurso político vacío e ineficaz. De nada sirve denunciar que el radicalismo de izquierda esconde un proyecto autoritario y pretende quedarse en el poder, si eso es exactamente lo que los electores implícitamente hubieran expresado aunque no se atrevieran a decirlo.

Afortunadamente, esa es la lectura falsa. Lo que hay, en realidad, es un monstruoso malentendido.

El pueblo ha sido llevado al límite de la exasperación por la exclusión que la pandemia mostró por primera vez no ya como un asunto de riqueza o pobreza, sino de vida o muerte. Qué clase de farsa es esta, preguntan los peruanos.

Lo que el voto indignado esconde y los pueblos de Sudamérica expresan hoy con el ausentismo o el voto antisistema desde México hasta la Argentina, no es una crítica a la democracia como tal, sino un hartazgo ya insoportable ante la parálisis de la democracia de baja gobernabilidad (DBG) incapaz de resolver los problemas.

Pero la falacia política interesada toma al todo por la parte. E, imprudentemente, así lo confiesa estos días la izquierda que aspira al gobierno al no deslindar de la intención de quedarse en el poder.