Adán Calatayud hace buenas fotos. Lo suyo es también el cine. Incursionó en la literatura en 2015 (publicó Crónicas del desencuentro, su primer libro de cuentos). A Adán los cuentos le han salido como las fotos.
Seis historias trae este libro y se leen en lo que demora uno en fumarse una cajetilla pequeña de cigarros. A dos cigarrillos por cuento, aproximadamente.

Lo llamo por su nombre de pila porque lo conozco. Adán estudió en mi misma universidad, ambos acabamos la misma carrera y, por si esto les pareciera poco, hasta hace unos meses yo vivía en su distrito. En lo que se dice escribir, Adán ya escribía y publicaba cuentos en revistas cuando lo conocí. Eran otros tiempos, tiempos inmemoriales. Es decir, tiempos donde todo fue mejor, como dijo el poeta.

En los cuentos de Adán no hay drogas. Alcohol hay. Cigarrillos, muy pocos. Me gusta que estas historias no reúnan los ingredientes más usados cuando se pretende narrar la calle. Adán narra la calle porque la tiene (como buen fotógrafo que es, ha recorrido toda la ciudad). Tiene experiencia en contar y vivir. Y es agradable leer cuentos que aborden la ciudad y la depresión de sus habitantes sin que te topes con unos muchachos inhalando cocaína o fornicando con decenas de chicas cada dos páginas.

La mirada de Adán apunta a otro lugar. ¿Pero hacia dónde? La mirada se dirige hacia el paisaje interior de sus personajes: el recuerdo o la memoria. En uno de los cuentos, el narrador reflexiona sobre las imágenes. ¿Cuáles son las más importantes? ¿Las imágenes capturadas en una fotografía o las que tienen forma de recuerdos? El narrador concluye que estas últimas son las más valiosas. Una fotografía se puede romper, pienso yo. Pero los recuerdos no se rompen y se echan a la basura; no se queman. Las imágenes de los recuerdos se van metamorfoseando en nuestra mente, nos van hiriendo de una forma más sutil e invisible.

Adán es muy fino al narrar. El desamor en sus historias resuena mucho a Zambra y por eso a uno le entra la nostalgia y las ganas de fumar. Me encanta que sus personajes se resignen, que sean eternos derrotados. La chica los abandona y ellos de inmediato agachan la cabeza. Muy de Ribeyro es aquella derrota, y con eso alcanza para fumarse hasta las cortinas.

Lo ha hecho bien Adán. No tenía excusas.