Este jueves 11 nos colocamos exactamente a un mes de la fecha prevista para las elecciones generales. El proceso de decantación de opciones tiene hoy más certeza con la decisión del Jurado Nacional de Elecciones, desvirtuando las resoluciones de exclusión que tomó el Jurado Especial contra George Forsyth, Rafael López-Aliaga y Ciro Gálvez.

Resoluciones cuya matriz no debemos perder de vista pues respondieron a fundamentos francamente deleznables que permanecerán como espada de Damocles sobre la cabeza de la democracia y los partidos, si continuamos nombrando en los entes jurisdiccionales electorales a personajes sesgados y dudosos.

A diferencia de los comicios del 2016, tenemos un elenco estable que –salvo algún ilícito flagrante– permanecerá en la pugna cívica hasta el final. Pero la otra gran diferencia radica en la agenda prevalente, derivada de todos los elementos de convulsión que han dominado el último quinquenio, desde el destape de los compromisos corruptos de muchos políticos hasta la pandemia del coronavirus, la cereza fatal encima de una torta volcánica.

Ello está configurando algo que sí tiene vectores comunes en la historia universal: nuestro acelerado encuentro con la institucionalización de la anarquía. La fragilidad sistémica del Estado peruano impide darle una respuesta anticipada a ese escenario y, a mi juicio, explica con creces la polarización que se expresa en el crecimiento del apoyo popular a candidatos dueños de propuestas definitivas, radicales y nada tolerantes con quienes pertenecen a otra orilla.

Ninguno de estos aspirantes, lo sabemos, podrá cumplir el cien por ciento de su programa al no alcanzar mayoría parlamentaria. La intensidad de los desencuentros en lo que resta de la campaña, aumentará la divergencia y el encono. El resto es conocido: una gobernabilidad traída por los suelos y los tambores de la guerra civil tocando nuestras puertas.

Por eso, en el mes venidero la ciudadanía será arrastrada a consideraciones dicotómicas donde –también lo hemos vivido– su dilucidación electoral se fundamentará en criterios primarios (buenos y malos, honestos y corruptos, pro ricos y pro pobres) y no en otros ejes más elaborados. Y cuando cierre su apuesta, no querrá oír ni ver más. Es ahí cuando ciertos candidatos empezarán a disfrutar del “efecto teflón”. Digan lo que digan de ellos, la tendencia no cambiará.

Lo experimentó con creces (y lo trabajó bien) Ollanta Humala el 2011 y en cierta forma Pedro Pablo Kuczynski el 2016 cuando se diseminó en la pujante y recuperada clase media el temor al pase de Verónika Mendoza a la segunda vuelta. Ojo que Mendoza sigue demostrando fortalezas pese a la lluvia de imputaciones en su contra.
Pero veamos a quién más beneficiará el teflón los próximos días y soportemos con paciencia los soponcios que ello generará.