Siempre me he formulado esa pregunta pensando en mi padre Víctor Andrés Belaunde, que participó en la Constitución de 1933 y en Luis Bedoya Reyes, coautor de la carta de 1979, vigente desde el 28 de julio de 1980 cuando Fernando Belaunde Terry le puso el cúmplase. No es una pregunta fácil de contestar. En la Tercera Edición de “Las Constituciones del Perú”, del JNE a cargo de Domingo García Belaunde, él estima que el Perú ha tenido doce constituciones que fueron las siguientes: 1823, 1826, 1828, 1834, 1839, 1856, 1860, 1867, 1920, 1933, 1979 y 1993.

No cuenta la Constitución de Cádiz de 1812, porque aún no éramos un país independiente, ni las constituciones que nos rigieron durante el período de la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839), porque en ese momento nos integramos al país vecino de Bolivia. Tampoco contabiliza los reglamentos y estatutos provisionales por su categoría temporal.

Entonces de acuerdo a ese criterio el número de nuestras cartas magnas se reduce a 12 e incluso a menos, si consideramos que las constituciones de 1823, 1826 y 1867 prácticamente no rigieron. Tendríamos entonces 9 constituciones, algunas de ellas también muy efímeras, como fueron las de 1828, 1834, 1839 y 1856, con lo que el número disminuiría aún más para quedarnos con las de 1860, 1920, 1933, 1979 y 1993, en otras palabras solo 5 constituciones durante un período de 161 años hasta hoy. Pero todavía así, el Perú históricamente ha sido un país muy fértil en constituciones y ahora, para no quedarnos cortos respecto de nuestro pasado, ciertos sectores políticos reclaman una nueva constitución para refundar al Perú.

¿Qué significa eso? Algunos podrían decir que retornemos al Tahuantinsuyo. Otros que aun conservando el nombre del Perú, nos transformemos en todo lo contrario de lo que somos ahora, podríamos convertirnos en un país federal, en un país socialista, en un país igualitario, que desaparezca el dinero y la propiedad, que nadie acapare los bienes, que todo sea gratis, que no haya ni ricos ni pobres, etc. No hay límites a la utopía. Como tampoco los hay para las crisis, recesiones y depresiones económicas en las que un país puede hundirse cuando ignora las más elementales lecciones del pasado. ¿Acaso Venezuela no es una utopía convertida en pesadilla? La Constitución establece las reglas básicas para que un país funcione con respeto a los derechos fundamentales de sus ciudadanos. No trae vacunas ni soluciona el desempleo. Para solucionar esas carencias necesitamos inversión pública y privada, así como estabilidad política y económica. Quien diga lo contrario engaña al pueblo.