La sociedad peruana no solo atraviesa por una de sus peores etapas de polarización, sino de ofuscación y pérdida de horizonte. El punto de quiebre fue sin duda aquel crac económico de finales de los ochenta, combinado con ese cuarto de siglo de terrorismo que arrastraba el país desde el año 1980 hasta 1992. La galáctica, incesante inflación sumada a una brutal, continua devaluación dinamitaron las finanzas pública y privada, al extremo que los precios variaban por horas y los billetes de cinco millones de intis –equivalentes apenas a unos cuantos dólares- llegaban en avión dos o tres veces cada semana, porque aquellos con menores denominaciones había que llevarlos en bolsas o inclusive maletines para la compra del día en los mercados. La vida era una tragedia y el pueblo padeció como nunca antes. En medio de semejante drama, los ciudadanos sufrían atentados diarios, con muertes por bala, granadas o coches bomba. Fueron tiempos de desesperación y de terror.

Una combinación diabólica que parecía no tener fin. Los autores de este baño de sangre fueron los senderistas y emerretistas, que hoy están instalados en el partido de gobierno de Pedro Castillo. Incluso varios han jurado como padres de la patria, manteniendo in péctore sus mismos pensamientos de odio, terrorismo, destrucción y muerte para la sociedad, en caso no se le permita a Castillo imponer el régimen marxista, leninista que predican los súbditos del genocida guzmán. Semejante tensión, sufrimiento y pena generó un cambio metabólico en los peruanos, que desembocó en 1990 en la elección como presidente de un desconocido apellidado Fujimori. Pues en dos años, el anónimo invirtió la realidad. Acabó con la hiperinflación e hiperdevaluación, estabilizó la economía, y luego la dinamizó exponencialmente. En simultáneo apresó a la cúpula terrorista; el poder Judicial procesó a esos miserables y el Perú volvió a la paz y al progreso. Sin embargo la izquierda se quedó con sangre en el ojo. Y a través de la comisión de la verdad convirtió en víctimas a los terroristas y en asesinos a Fujimori y su gobierno; lo mismo que a los héroes militares y policiales que enfrentaron, combatieron y derrotaron a las huestes genocidas de sendero y mrta.

Hoy sufrimos las consecuencias de semejante traición perpetrada por dichos comisionados que, presididos por Salomón Lerner Febres, sembraron el odio, la discordia, la división nacional y una brutal persecución no sólo contra quienes no fueron parte del régimen fujimorista, sino contra todos los peruanos que rechazaron aplaudir semejante traición a la patria de los comisionados de la verdad. Porque convertir a los militares y policías en asesinos y en víctimas a los senderistas y emerretistas fue, sin la menor duda, un acto deleznable digno de traidores.
Recordemos en esta etapa a gente como ese tal García Sayán que fungió de defensor de terroristas, so pretexto de velar “por los derechos humanos”, negocio de pingües réditos en política. Tanto que hoy el sujeto funge de constitucionalista alcahueteando al régimen Castillo para prepotente, ilegalmente, permitirle retorcer la Carta a su modo.