Cuando pensábamos que la pandemia sería una gran oportunidad para grandes cambios en la gestión política, económica y social, el cese de la cuarentena nos despierta, a cachetada limpia y sonora: rebrote agresivo de informalidad, autoridades locales y regionales pintadas en la pared, legisladores contagiados por la angurria populista, murallas y barreras que en vez de disminuir se agigantan para el emprendimiento e innovación empresarial, corrupción rampante, transporte público ingobernable, plataformas de atención primarias de salud colapsadas, mayoría de alumnos de educación básica en modo recreo perpetuo y, para variar, las bandas de delincuentes en su garbanzal. Todo en HD y con una música ambiental que nos tatarea pegajosamente el “todo va a estar bien”.
Y es que, para reformar la gestión política, económica y social se necesita liderazgo, cuadros políticos con amplia experiencia y tecnocracia con mente abierta a los cambios que exigen los nuevos tiempos, convicción democrática y respetuosa de las libertades inherentes al ser humano y de las expresiones pluriculturales dispersas a lo largo y ancho del territorio nacional. Lamentablemente, los peruanos carecemos de una clase política que ofrezca estas características porque tampoco le ponemos ningún esfuerzo para modelarla y reconstruirla a esa imagen y semejanza, con nuestros votos y exigencias en espacios de debates locales o regionales.
Por ejemplo, un caso que petardea toda ilusión es el estado de la infraestructura de servicios públicos y las grandes “medidas” para lograr el cierre de brechas. No podemos ni siquiera reactivar obras paralizadas, menos poner en marcha hospitales recientemente inaugurados. Luego de tres años de intentar reconstruir el norte del país, hemos tirado la toalla y entregado el muerto a otro Estado. Y encima, nos “olvidamos” de darles a los ingleses el encargo de resucitar los sistemas de agua potable, alcantarillado y tratamiento de aguas residuales tanto urbanos como rurales de la zona norte del Perú.
Y la responsabilidad de ello también recae en la mayoría de ciudadanos que eligen autoridades. Cada tres años tenemos la gran oportunidad para elegir al mejor vecino que conduzca los destinos de nuestra localidad distrital o provincial, pero la desperdiciamos reiteradamente. Nos quejamos de todo, exigimos buenos servicios, pero tampoco queremos pagar lo que realmente cuestan. Los impuestos prediales y los arbitrios deberían ser la principal fuente de financiamiento de los servicios municipales pero la mayoría los cuestiona y evita pagarlos.
Igualmente, los peruanos vamos a tener otra nueva oportunidad, en menos de 10 meses, para elegir a un nuevo Presidente de la República y nuevos legisladores. ¿Elegiremos a alguien con liderazgo y con equipo para gobernar (Ejecutivo y Congreso) y por fin realizar las reformas que exige a gritos el Perú? O, ¿volveremos a vivir nuestra vieja normalidad?