Nunca el Perú en sus 200 años de historia había caído tan bajo. Nombrar a Richard Rojas, uno de los operadores del corrupto Vladimir Cerrón imputado por la Fiscalía “en la ejecución de actos de transferencias y ocultamiento del dinero”, rechazado con toda razón por el gobierno de Panamá –una vergüenza para la Cancillería-, como embajador del Perú en Venezuela, es uno de los hitos de esta decadencia.

El proceso de descomposición del Estado peruano, acelerado en los últimos años durante los gobiernos de Martín Vizcarra y Francisco Sagasti –por ejemplo con Zoraida Ávalos en la Fiscalía de la Nación-, se ha precipitado ahora con este gobierno comunista.

Rojas se suma a la ya interminable lista de impresentables que asumen cargos relevantes en el desgobierno de Pedro Castillo, como los ministros Luis Barranzuela y Walter Ayala (antes Guido Bellido e Íber Maraví), los presidente de EsSalud Mario Carhuapoma e Indecopi Julián Palacín, la embajadora en Bolivia Carina Palacios, para mencionar solamente algunos de los más notorios, pues la relación parece inagotable.

Es verdad que a muchos no les importa ni preocupa este proceso acelerado de descomposición del ya deteriorado Estado peruano. Solo les interesa obtener o mantener prebendas, conservar curules o defender sus utilidades.
Si bien es usual que un gobierno designe embajadores políticos, es decir, que no sean diplomáticos de carrera, no lo es que se nombre a personas de la catadura de Rojas. Tampoco su legalidad es manifiesta, pues la ley del Servicio Diplomático establece que en casos excepcionales y con el voto aprobatorio del Consejo de Ministros, el Presidente puede nombrar como embajadores a personas que, entre otras cosas, tengan “capacidad y versación notoria”, “prestar o haber prestado destacados servicios a la Nación”, “observar una correcta conducta pública y privada”, “carecer de antecedentes penales”.

Como es obvio, Rojas no reúne esas características. No ha prestado destacados servicios a la Nación sino –según la Fiscalía- a la organización criminal los “dinámicos del centro” y a su jefe Vladimir Cerrón. Entre otras cosas, se prestó al intento de retiro de más de trescientos setenta mil soles de una de las cuentas congeladas de Cerrón con un cheque de gerencia a su nombre.

Su capacidad y versación –además de las fechorías de los “dinámicos”- radica en que se desempeñaba como técnico en electrodomésticos en el famoso jirón Paruro, en el centro de Lima.

Su conducta, pues, está lejos de ser correcta, a menos que se interprete como tal su notoria participación en la campaña electoral dando instrucciones a Castillo después de haber recibido órdenes de Cerrón por celular, como ocurrió en el debate de Chota.

Por último, su nombramiento ha implicado el restablecimiento de relaciones con la dictadura venezolana a nivel de embajadores, un cambio radical de la política exterior peruana.

Pero si alguien piensa que no se puede seguir cayendo, se equivoca. Sí se puede.

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