Hoy el Jurado Nacional de Elecciones le entrega las credenciales de presidente electo a Pedro Castillo Terrones del partido Perú Libre. Para muchos empieza una nueva etapa. Otros se han quedado congelados en la narrativa del fraude, la negación de la ilegitimidad y de que “no me representa”. Mientras, los gobiernos extranjeros le dan esa legitimidad al presidente electo a través de su reconocimiento y saludos, y en el Perú oficial de gremios empresariales, sindicales, políticos y un largo etc., hace lo propio visitando y felicitando a Castillo Terrones. Algunos ponen sus bemoles (como la propia perdedora, la señora Fujimori), pero lo que queda claro es que Castillo está oleado y sacramentado. Todo lo demás es pataleta. Una pataleta que, en su momento, cuando estaba en su cenit, es decir, ni bien terminada la segunda vuelta el 6 de junio y se dio por ganador a Castillo extraoficialmente, descarriló la mejor posibilidad que tenía la derecha de, por lo menos, formar parte del aparato gubernamental, vital para la toma de decisiones. Ese emprendimiento lo encabezó Hernando de Soto cuando se reunió en Máncora con el hoy ya presidente electo. Le llovió de todo desde la derecha que salía a marchar a las calles y destilaba cianuro en las redes sociales. Se le acusó de “traidor”, de “fósil reblandecido”, de “megalómano”, de “ególatra”, de buscar una “asesoría”, los Vargas Llosa lo ridiculizaron como “peluca” y, tal fue el cargamontón, que la presión social pudo más y el acercamiento se marchitó. Mientras, las calles bullían de marchas y mítines contra el comunismo, el JNE y el fraude, dejando la cancha despejada para que todo aquel que se quisiera acercar al profesor lo hiciera como lo hicieron los caviares, oportunistas, gente de buena fe y, por supuesto, su propio partido Perú Libre que con todo derecho buscaba que Castillo no los dejara afuera ni se saliera del redil. En corto: una pugna por el poder en el entorno del profesor… donde la derecha estuvo completamente ausente, apostando todas sus cartas a la calle, la tele, la prensa y las redes, como si una cosa hubiera sido incompatible con la otra. Pues bien, ahora que perdieron el único juego de cartas al que habían apostado, se han quedado fuera porque el jamón ya ha sido cortado. Los caviares ya tienen su parte, los oportunistas otra, Perú Libre la tajada del León como corresponde y el presidente electo a los suyos. ¿Y la derecha? A nadie. Si De Soto hubiera prosperado desde que se reunió con el profesor en Máncora, ¿tendría la derecha una cuota en el gabinete? Cómo saberlo si no se intentó. Pero lo más probable es que sí, pues Castillo Terrones es, para todo el que lo ha conocido, una persona absolutamente inexperta e ignorante del funcionamiento mínimo del Estado, tabula rasa si se quiere, pragmático (postuló en su época por Perú Posible) y, por lo tanto, necesitado de cuadros que tampoco tiene su partido provinciano pero fanatizado. Y pensar que hay gente de la derecha que todavía no quiere voltear la página y pasar al siguiente capítulo, donde bien hubiera podido haber algún protagonista próximo a sus intereses si no hubieran llenado de invectivas a De Soto y a todo aquel que pensaba en una estrategia divergente al del grito destemplado y la zamba canuta en redes. Pues bien, ahora solo queda el Congreso como contrapeso a lo inaceptable que es la constituyente, porque estar en el entorno del presidente electo solo fue el sueño de una noche de verano en Máncora, donde la derecha cavó la mitad de su tumba al oponerse.

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