Cerramos la semana con dos acontecimientos de gran trascendencia para la población peruana, uno de ellos religioso y otro político. Uno, se trata de la celebración de Semana Santa que compromete la fe de millones de creyentes de la iglesia católica y otro, el debate presidencial, planificado y llevado a cabo por el Jurado Nacional de Elecciones durante tres días, con participación de 18 líderes políticos que aspiran a sentarse en Palacio de Gobierno el 28 de julio, por un período de cinco años.

Ambos hechos marcaron la semana, dentro del contexto crítico de una pandemia sanitaria que nos tiene en vilo a la espera de la llegada masiva de la vacuna como única tabla de salvación contra el COVID-19

Semana Santa es la conmemoración cristiana de mayor impacto entre nosotros, que nos recuerda la Pasión de Cristo, que comienza con la entrada de él a Jerusalén, pasando por la última cena, el viacrucis, la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Es la fiesta religiosa que moviliza a millones de personas en todo el mundo cristiano, del mismo modo como lo hace en el país, a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional.

Cristo, para la feligresía cristiana, murió en la cruz para redimir a la humanidad. Sacrificó su propia vida en nombre de un valor mayor, quedando su ejemplo como símbolo de amor y de justicia que debería servir de ejemplo a la posteridad.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la ritualidad inicial sufrió el impacto del cambio social a consecuencia de sucesivas transformaciones que los avances de la ciencia y la tecnología, además de otras leyes del mercado en las relaciones económicas en la sociedad, lo permitieran. La antigua religiosidad basada en la meditación y el recogimiento de los creyentes, se convirtió en una fecha para el descanso y la relajación. No olvidemos que la Semana Santa es considerada dentro de la Iglesia, como la Semana Mayor debido a que es la fecha con más contenidos significativos dentro de su calendario litúrgico.

Desde que se inició la pandemia, hace poco más de un año, celebramos la fecha con mayor estímulo para la meditación, debido a la cercana presencia de la muerte que nos acecha. Claro que ya nada es igual. Hace seis o siete décadas la celebración en Lima se iniciaba el Domingo de Ramos, mientras que en los hogares, por muy humildes que fueran, las personas se aprestaban a seguir los padecimientos de Jesús.

El jueves Santo se comulgaba muy temprano y la ciudad iniciaba un recogimiento silencioso y Lima parecía una ciudad paralizada, mientras que el Viernes Santo el misticismo era mucho mayor. Por la tarde, la procesión del Santo Sepulcro salía de la Basílica del Rosario, del Convento de Santo Domingo, acompañada por el Presidente de la República y sus ministros de Estado y congresistas de la República.

Dijimos que el otro acontecimiento de esta semana fue el debate presidencial. Distribuidos en tres fechas, desfilaron 18 candidatos, uno se retiró aduciendo una suerte de favoritismo a otros postulantes, situación que advertimos no ocurrió. Ellos dieron a conocer al país las propuestas que el JNE agrupó en cinco ejes temáticos: medidas frente a la pandemia, educación, seguridad ciudadana; integridad pública y lucha contra la corrupción.

Fue un evento que permitió escuchar a la ciudadanía las diversas propuestas para cada uno de estos rubros. Serán los ciudadanos quienes, finalmente, se formen sus propios juicios de valor. Solo nos toca pedir que el voto que depositemos sea responsable y producto de una meditación serena. Pensemos en el Perú.