Sale uno del periodismo y se mete en poesía como quien va del burdel a la misa. Lo de Daniel Bedoya (periodista él) es ir de la noticia al verso, desnudarse de actualidad y oficiar de poeta. Producto de esta transmutación, entregó en 2017 un solemne conjunto de poemas, con lo cual puede decirse que aprovechó en demasía sus horas de liturgia y silencio.

Cuadros concretos y disonancias es un debut literario que sabe bien. Lenguaje macerado, maduro, manso, modesto. Por ratos apunta a ser magistral aunque no lo logra, pero —ya digo— el conjunto aquí reunido ha llegado a satisfacer mis nobles expectativas y con eso basta.

Este libro inicia con José Watanabe (epígrafe) y termina con César Vallejo (dedicatoria). En este recorrido de sentido inverso podemos rastrear la familia en la que pretende insertarse la poética del autor. Hay una voluntad de emparentarse con una tradición, y, dicho esto, se entiende que el poeta ha sabido identificar y apreciar a sus fantasmales padrinos. El problema es que por momentos se mimetiza tanto con ellos hasta quedar invisible (paradoja del camaleón).

Hay cosas que caen (o están próximas a la caída) dentro de los poemas: una manzana, una palabra, un beso, unos cuyes, unos pollos, una garúa, otra manzana. También colores varios van tiñendo los versos: manzana roja, violetas, habitación y silencio blancos, cielo verde, cerro azul, ojos negros. Así, el autor va configurando su poesía entre pigmentos y expectativas.

Dividido en dos partes, llama la atención —sobre todo en la primera secuencia— la aplastante sencillez de algunos poemas («nado en tu boca / como un pececillo / brinco como las ranas / croo»). Lo suyo es el arte de la depuración, la ausencia verborreica por innecesaria o burda, el bonsái como escuela (tiene mucho de William Carlos Williams). El segundo tramo del libro es más bien telúrico, pero sin abandonar el minimalismo que se ha impuesto («solíamos subir uno de aquellos cerros / elevados como viejas jorobas enormes»).

El autor se apoya en la discreción y cae a veces en la modestia. A su poesía, por momentos, la opaca una sentida timidez y una extendida corrección. Se entiende que, tratándose de un debut literario, prefiere que sus versos se muestren quietos y nada salvajes. Sin embargo, hay que tener en cuenta que justamente ese es su principal atributo.

Y con esta perspectiva, es imposible encontrar en este libro un mal poema. Se trata, sin duda, de un auspicioso comienzo.