Es una colección de historias narradas con la destreza, crudeza y gracia, propias de la cultura popular. En esta obra, Saturnino Ayala Aponte (Huanta, Ayacucho) nos transporta a vivenciar experiencias únicas, ambientadas en escenarios vivos que contrastan con una ciudad que parece haber nacido ciega y muda. Del amor y otros matices (Ediciones ALTAZOR), está compuesta por once historias: “La ensalmadora”, una famosa curandera, respetada por sanar enfermos desahuciados; “El ocaso de un amigo fiel”, que narra la triste vida de Alojado, un perro peregrino; “Sarramplín”, que cuenta la horripilante vida de un niño con un final feliz; “El lechero”, una salerosa historia de un pintor; “El Ivinki”, donde el hechizo es un ingrediente determinante en una competencia deportiva escolar; “El Killinchu y el upa Anka”, la historia de supervivencia de pollos, gavilanes y cernícalos donde la astucia de la naturaleza se asemeja al mal de los humanos en que la vida es para los vivos; “Colisión de amantes”, que describe el difícil itinerario del corazón de las mujeres hermosas; “Triángulo pasional”, una exquisita historia de desamor. El momento épico se narra en una breve historia de “El pasñero cóndor” donde las fuerzas de las deidades de la naturaleza son siempre aliadas contra todos los males; “La periferia de la watia” y “El ósculo furtivo” completan el bien escrito libro.

Si bien es cierto que estos relatos están contextualizados en los Andes, en general todos, no pierden su proyección universal ya que están llenos de ejemplos que trascienden fronteras, idiomas y al tiempo. Por eso, deberíamos hacer mayores esfuerzos para promoverlos, y deberían estar ligados, por su enorme carácter formativo, junto a la literatura universal, a los diversos programas escolares de los diferentes niveles educativos.

Toda narrativa popular corresponde al imaginario popular que va pasando de generación en generación y es esta la importancia de tener un registro escrito por estar siempre ligado al aporte histórico de las zonas donde se ambienta. Por eso, los relatos fortalecen la identidad de toda comunidad y pasan a formar parte de su tesoro. No es fácil hilvanar el pasado con el presente y es mucho más complicado proyectarlo. Ahí está el valor de las narraciones que va más allá de lo literario. Disfrutar de su lectura será un placer permanente, pero sobre todo preservarlas como un ente vivo, es una obligación y así las diferentes generaciones también podrán disfrutarlas.