La Guerra del Peloponeso puso al límite la economía ateniense, basada tanto en la agricultura como en el comercio; mientras la carestía y el derrotismo avanzaban, los demagogos como Alcibíades cobraron importancia política. En una sociedad derrotada, la llave del éxito fue exigir igualdad entre los residentes de la ciudad, sin importar su origen ni condición, cualquier hombre libre debía tener todas las prerrogativas de un ciudadano; como en la actualidad, la demagogia usa conceptos correctos, instrumentalizándolos maliciosamente para desconocerlos cuando alcanzan el poder. Lenin aprovechó las contradicciones que descubrió la derrota militar, agitando la bandera de la paz para preservar las vidas de los trabajadores, pero una vez en el poder, su NEP produjo una catástrofe humanitaria en 1921, ante la cual se mantuvo inflexible; y Hitler utiliza la inestabilidad de la República de Weimar para popularizar el antiguo nacionalismo alemán, y terminó permitiendo la completa destrucción de sus ciudades. El demagogo usa las necesidades de las personas, convirtiéndolas hábilmente en energía emotiva, pero no siente ningún compromiso real con ellas, tan solo son una forma de alcanzar y concentrar el poder.

Como en Atenas, Moscú y Berlín, era previsible que la destrucción del antiguo sistema de partidos fuera a multiplicar la cantidad de demagogos, pululando en grupos electorales sin doctrina ni organización, liderados por aventureros y caza fortunas que ofertan la franquicia a los candidatos deseosos de transformar la generosidad de las encuestas en un resultado electoral que les permita llegar al gobierno, aunque no tengan programa ni ideas. Las crisis ocasionan la aparición de estos peculiares personajes, y solo desaparecen cuando se consolidan las instituciones y madura el electorado. Hoy en nuestro país hay dos interrogantes: hacia dónde irá el inmenso electorado que en 2016 respaldó a Fuerza Popular y que no necesariamente se siente vinculado a los mismos valores políticos que animan los editoriales de El Comercio; y luego, si los principales medios de comunicación seguirán apostando a demagogos con aspiraciones presidenciales sin que hayan demostrado más habilidad que la histriónica, sin la experiencia y trayectoria necesarias para dirigir a una nación, en lugar de propiciar el surgimiento de candidaturas confiables, entre quienes hayan mostrado compromiso y una gestión exitosa, desde las diferentes perspectivas programáticas.

En plena transición política y antes que aparezcan nuevas formas de intermediar tendencias e intereses, el Perú tendrá que ir a las urnas sin tener una élite política ni un sistema de partidos. Como una granja sin perro, ha quedado expuesta a los depredadores.