El siglo XXI nos descubrió un sinfín de comodidades tecnológicas. Llegó con fuerza Internet y el Smartphone. El cable sumó el streaming. La vida para una generación que hoy bordea los veinte aprendió a recibir y con el confort “entendió” que tenía derecho a todo. Adiós servicio militar obligatorio, bienvenido el crecimiento económico, el trabajo es para los jóvenes, el aborto, “de a cada uno según sus capacidades a cada uno según sus necesidades”. El aburrimiento se hizo ley y la adicción a esos aparatitos que los conectan con la vida, la angustia de los nuevos tiempos.

Prendidos al universo en un aparato pueden pasar de largo sin ver ese paisaje que los de la generación adelante se detenían a apreciar. Dar unos minutos a la realidad viva es restarle tiempo a la interacción, al amigo que no ves pero que tiene la cara de avatar y letras, y con quien a tus dieciséis o diecisiete intercambias mensajes que deberían ser leídos por un experto aún antes que por tus padres. Desde luego que si hay que elegir entre las redes imparables a la izquierda y un libro a la derecha, “el libro siempre va a estar allí”…aunque nunca lo leas.

Cuestionar y deconstruir lo hecho por tus mayores parece un honor como lo es protestar por la causa que fuere aunque no sepas bien de qué se trata o te destruya en un tris un reportero con cinco preguntas. ¿Sabes lo que es la mayeútica socrática? ¿Sabes lo que realmente quieres? Por eso, cuando nos referimos a las generaciones, más es lo que debería preocuparnos que lo que deberíamos laudar tan a la ligera. ¿De qué hablan los más jóvenes?

¿La autodeconstrucción los incluye a ellos en sus diálogos? ¿Son los padres el pasado por romper como los templos y las familias? ¿No son jóvenes que viven una fantasía en una habitación metafóricamente aislada? ¿Antes que monumentos, cuántos expertos en salud mental infantil y juvenil se registran actualmente?

Ser joven hoy parece fácil, pero es peligroso. Crecieron sin pasiones, sin romanticismo, sin fe y con el zapping por delante. Tuvieron mucho y creen tenerlo menos. No es la tentadora embriaguez de la que escribía Ortega, sino de una clase media que apenas frisa los veinte con menos armas y más exigencias de competitividad que la de nuestros padres. Cuando hablan de juventud, en realidad nadie sabe de lo que habla.