La suerte está echada, cúmplase con el destino: o votamos por la esperanza democrática y reconstruimos el país, o nos inclinamos por el monigote comunista y terminamos agarrándonos a tiros.
Ya no corresponde hacer una lista minuciosa de argumentos, basta resumir en lo consabido: Keiko Fujimori no es la candidata natural de muchos peruanos, pero dentro de la atrabiliaria campaña en curso es quien ha sabido abrirse un espacio de centro entre un conjunto de opciones que polarizaron al país entre discursos de una derecha retórica acentuada y una izquierda extremista.
Demostrando una madurez que no se le conocía hasta el 2016, con un temperamento sosegado que demuestra el duro aprendizaje de haber estado tres veces en la cárcel y con un enfoque moderado, Keiko se ha revelado como líder capaz de hacer una amplia convocatoria, nucleando a personalidades de diversos partidos y con experiencia administrativa, lo cual augura algo que el Perú necesita con urgencia: la concertación democrática y la formulación de un gobierno pluripartidario. Su propuesta programática en síntesis plantea la profundización de la república liberal y la expansión del capitalismo popular con una reforma racional del Estado.
Siendo hija de un autoritario, paradójicamente además, simboliza la esperanza de reanimación de una democracia desfalleciente y la derrota histórica del comunismo en un contexto regional amenazante.
Por contraste a Pedro Castillo lo califico de monigote porque es una figura política hecha de cualquier manera por quienes son sus patrones reales: desde Vladimir Cerrón, el dueño de Perú Libre, hasta los criminales de Sendero Luminoso y el MRTA unidos por primera vez a través de la Coordinadora Continental Bolivariana.
En tanto profesor de primaria provinciano, Castillo podría dar pena por su total incapacidad para generar ideas coherentes y exponerlas en un castellano medianamente correcto; pero no, este tipo es un audaz representante de la conspiración comunista latinoamericana que busca tomar en el Perú el último bastión después de empoderarse salvajemente en Chile, Argentina, Bolivia, Nicaragua, Venezuela y quizá pronto en Colombia.
Se ha dicho ya y lo repito: este domingo no elegimos solo un gobierno, nos jugamos un modelo de vida y civilización. Estamos muy cerca de la victoria, pero debe ser contundente. Ganemos holgadamente y que después nadie salga con el cartelito de “este gobierno no me representa”. Por lo demás, ya sabemos que violencia habrá sí o sí en los siguientes días. Preparémonos para repelerla con todo.

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