América Latina no solo es la región más desigual del planeta. Es también la más insegura y violenta del mundo. No tenemos guerras en la región, pero sí un conflicto de baja intensidad que nos está desbordando. El 30% de los homicidios mundiales ocurre en América Latina, pese a que no tenemos más del 10% de la población. Todos los días, los noticiarios de televisión informan de crímenes, atracos, asaltos. Los recientes resultados electorales en Lima Metropolitana nos dicen que la población está pidiendo a gritos acabar con este flagelo. Derrotemos el miedo.

No hay duda de los esfuerzos de la Policía Nacional para acabar con esta lacra. Pero a juzgar por los resultados, estamos perdiendo uno de los dos principales deberes que tiene un gobierno con la población: ofrecer seguridad y generar desarrollo. Ambos pilares van de la mano y ninguno puede entenderse sin el otro. Necesitamos un país seguro para generar desarrollo y ningún desarrollo será posible en un país convulsionado, jaqueado por las bandas delincuenciales.

Según el propio Plan Nacional de Seguridad Ciudadana 2019-2023, la delincuencia se ha mantenido como uno de los principales problemas del país percibidos por la ciudadanía.

El 2013, el 40.4% de la población consideraba a la delincuencia como el principal problema del país seguido de la pobreza con 38.9%. Cinco años más tarde, en setiembre de 2018, dicho porcentaje pasó a 39.6%, precedido por la corrupción que pasó a ser el principal problema del país con 60.1%.

Lo cierto es que cuando se pregunta de manera general cuál es el principal problema del país, la gente suele responder en primer lugar la falta de empleo, seguido de la inseguridad ciudadana. Pero cuando se le pregunta a esa misma población cuál es el principal problema en su barrio, no hay duda de que la inseguridad ciudadana encabeza las respuestas. Necesitamos acometer medidas rápidas y efectivas para encarar este problema público número uno.

Primero, tener claro que delincuencia y altos niveles de violencia afectan la formación del capital social de los países y tienen un enorme impacto negativo en la economía, interfiriendo en la educación, formación de valores y en la productividad y competitividad de las naciones.

Segundo, actualmente, tenemos unos 135 mil policías en actividad, contando personal médico y administrativo. Necesitamos aumentar el número de policías, especialmente de agentes en la calle; uniformados y encubiertos, trabajando en equipos.

Tercero, no descartemos la posibilidad de que las Fuerzas Armadas intervengan en la seguridad ciudadana. No sacando los tanques y soldados a patrullar las calles, como algunos proponen, sino ubicando a nuestros uniformados en servicios estratégicos que hoy están a cargo de la policía. Las embajadas, por ejemplo.

Cuarto, de una vez por todas, brindemos el presupuesto necesario a las municipalidades provinciales para que encarguen del sistema de tránsito que hoy dirige la policía. Semáforos inteligentes, contratación de agentes municipales en zonas de alto tránsito.

Necesitamos a los agentes protegiendo a los ciudadanos en las calles, en los paraderos de buses, en las puertas de los colegios, en los parques del barrio. No en la caseta de tránsito.

Por último, mejoremos los equipos de telecomunicación de la policía nacional. No necesitamos un sheriff policíaco. Pero sí un sistema operativo policial-legal-jurídico, con tecnología de punta, crear una base de datos criminales interconectadas a nivel local, regional y nacional, que funcione; mejorar la inteligencia operativa criminal.

La seguridad es más que la lucha contra la delincuencia. Es la eficiencia de un sistema legal y penitenciario que protege a la ciudadanía de los que la agreden. La voluntad política es necesaria para llevar adelante un proceso de cambio. Los resultados electorales son claros: la gente demanda atención al problema de la inseguridad ciudadana. Necesitamos recuperar la confianza. Empecemos por la seguridad de poder llegar a casa tranquilos. Derrotemos el miedo.

Raúl Diez Canseco Terry – Ex secretario general de Acción Popular.