Enterarme de tu partida me ha quebrado, hermano Pedro. Aprendimos juntos a despedir a nuestros maestros, pero nunca nos preparamos para despedirnos entre nosotros. Parece que habría sucedido ayer la tarde cuando nos reunimos por primera vez en aquella taberna de Lima Norte, en aquel entonces ni tú ni yo imaginamos que escribiríamos en este diario, que durante un año no habría sábado sin el sable afilado de tu pluma. Pienso sin embargo en los amigos que me heredaste y me pregunto si acaso fue con premeditación porque sospechabas sobre la más cruel de tus batallas; y me presentaste a Yoshiro Chávez, a quien le publiqué “El amor es un abismo que viene hacia nosotros”, y me presentaste a Verónica Chú Saavedra, a quien le publiqué “La gran estación”, y me presentaste a Iván Candela a quien le publiqué “La santificación de Natalio Ferreyros”; y me presentaste a Luis Miguel Cangalaya, uno de mis más leales camaradas, editor ahora de nuestro suplemento, y a Yolvis Ocaña, y a Omar Amorós. Me presentaste a tu familia, a tu mamá, a Rosalinn y tus cachorros. Puedo decir, hermano Pedro, que Lima no volverá a ser la misma sin tus pasos, que no habrá otro miembro de nuestra generación con quien vuelva a retar la morbidez de esta vida que nos hizo tantas veces trampa.

A quién buscar ahora en aquel local de la Panamericana o con quién quedar para ir a Puente Piedra o a Chaclacayo, o al mar, con quién caminar por Barranco cuando me aplaste la tarde, con quién dibujar los organigramas de las mafias literarias, con quién reír de esta ciudad escribiéndole a sobresaltos. Con quién discutir sobre el boom, hermano Pedro, con quién coincidir que el reto es contra uno mismo en la descarnada carrera por alcanzar la voz, el timbre, la afinación estética. Lima pierde al mejor del dos mil y del noventa, porque fuiste mejor que nosotros, hermano Pedro. Mejor en cuento, mejor en poesía y mejor en novela, no en vano te adjudicaste los más prestigiosos premios. “La experiencia es determinante, papá”, repetías, y vaya qué viviste bróder, pero aún no te tocaba. Aún no te tocaba. Descansa en paz, hermano. Contigo se rompe nuestra generación. Cómo no quebrarse, cómo continuar con este nudo en la garganta, con estas lágrimas.