Asumíamos el confinamiento como una fórmula de sobrevivencia sin lecciones. Durante los años universitarios aprendimos que el trabajo en equipo era devastador sin tecnología. Librados a compartimentos estancos, los estudiantes nos íbamos a la libre, reparando que trabajar juntos no pasaba de socializar, quizás de perder horas en temas accesorios, en contradicciones inútiles y en divergencias insalvables que culminaban en jolgorio. Una fuerza natural, el afán de sobrevivencia académica, nos devolvía a la soledad. Investigar o crear un documento era casi por religión, una tarea individual.

Como intelectual, si es que vale el término para quien vive en la reflexión, a solas, asumimos algunos que trabajar sin voces alrededor es más eficiente. Un novelista no permite la intromisión de nadie y ve al editor como a un bicho invasor y al crítico como un petulante que, además, llega siempre demasiado tarde. ¿Quién escribiría una novela colectiva? ¿Se imaginan a tres escritores poniéndose de acuerdo sobre el contenido de una historia? Ocurría, entonces, lo mismo en las oficinas. Por años no hubo mejor método que alejar los zumbidos, el análisis en soliloquio parecía suficiente y el ensayo-error solo correspondía a la mente que lo concibió.

Por años, esas desconcentradas reuniones al borde de una mesa de trabajo se convertían en ramajes de temas inconexos que solo podían retomarse en soledad, en ese cubil donde el pensador hilaba fino lo que tenía que decir. Las reuniones presenciales tenían ese defecto.

Curiosamente, la pandemia obsequió al mundo mecanismos nunca pensados para interactuar, desde los que provee Google hasta el ya bastante famoso Zoom, que nos demuestran que el trabajo en equipo es, en realidad, una oportunidad más que una molestia. Nadie lo sabe todo y si cree saberlo, lo sabe mal y si lo sabe incompleto, lo completa en un “nosotros”. El Zoom la hace, sin haberlo planteado, como una plataforma de democracia deliberativa. Es más ejecutivo, sorbe el criterio de cada cual y lo torna en una síntesis razonable. Al menos, de la experiencia particular, no solo laboral, incluso formativa, se puede lograr tanto o más que la experiencia presencial.

La productividad remota puede ser más absorbente, tanto como menos tensa y más eficaz. No quita, obviamente, la necesidad de sentir a los otros.

Si se puede ser tan funcional con estas plataformas, que hasta construir una novela colectiva es una posibilidad, hasta en las tinieblas pestañea siempre una pequeña luz.