El jueves 20, muy enojado, el presidente Martín Vizcarra tomó el rábano por las hojas ante una pregunta de Canal N sobre el motivo de persistir en el error de no informar bien acerca del bono y propiciar largas colas en la puerta de los bancos, foco de contagio demostrado hasta el hartazgo. Vizcarra creyó (o quizás se hizo el que no entendió la puntualidad de la interrogante) que cuestionaban la asignación económica y lanzó una de sus antológicas frases taimadas: “Es muy fácil decir, desde la comodidad de la oficina de Lima, que hay problemas con el bono”.
La línea de este argumento tiene eco y seguidores. Reposa en una reflexión muy simple: que sencillo es criticar de lejos, sin ponerse en los zapatos de quienes gobiernan, transitan de cabo a rabo todo el país y tienen la delicada responsabilidad de tomar decisiones que afectan la vida de 32 millones de personas.

Sin embargo, cabe señalar que la trampa de los enunciados falsos o engañosos fue descubierta siglos antes de la era cristiana cuando los antiguos griegos definieron el sofisma. De escuchar a nuestro mandatario, Aristóteles y Platón lo hubieran convertido en su conejillo de indias porque, en verdad, acumula un largo rosario de expresiones manipulativas a las que el peruano común es sensible. Gracias Maximiliano Aguiar por ponérsela en bandeja.

Debemos decirle al ingeniero Vizcarra es que ningún compatriota está en la oficina o la tribuna frente al embate del COVID-19. Todos tienen familia, amigos, colegas que sucumben al mal y sus nombres estallan dolorosamente cuando los ven registrados en el obituario trágico. Piden respuestas y orientaciones bien llevadas. Es una bajeza ofenderlos bajo la consideración de ser agentes pasivos ante un drama de esta magnitud, incluyendo a los periodistas que interrogan, profesión donde –oficialmente– hay más de 100 muertos en todo el Perú cumpliendo su labor de informar.

También recordarle que fue él quien tomó la decisión de aspirar a ser gobierno junto a Pedro Pablo Kuczynski. Ello implicaba asumir con franqueza los activos y pasivos de las tareas oficiales. Cada vez con más arrogancia, desesperado por el desastre sanitario y económico de su gestión ante el coronavirus reportado internacionalmente (Bloomberg, The Economist, Johns Hopkins University y otros), reacciona ante las críticas soplando la pluma, socializando su fracaso y creando una nueva frontera de solución. La última es el arribo de la vacuna milagrosa.

Repitiendo una expresión que Enrique Zileri, Mónica Vecco y yo escuchamos el año 1994 al colega argentino Horacio Bervitsky, en un seminario para periodistas latinoamericanos en Managua: “los periodistas ni los ciudadanos estamos para dar soluciones a los problemas públicos, sino exigírselas a los políticos que prometieron solucionarlos”.