A papá lo miro desde lejos. Él me mira también y seguro quiere decirme algo, pero se contiene. Yo voy a su encuentro, porque lo conozco, porque a veces le gusta dar la contra y a veces reniega, y entonces lo miro, lo abrazo y le digo que puede contar conmigo siempre. Y cuento con él, uno, dos, tres, hasta diez, hasta cincuenta, hasta los ochenta y cuatro años, y de pronto ya no quiere contar, se calla, se aleja, y yo quiero ir tras él. Papá a veces sonríe, solo a veces, y es cuando estamos cerca, se apoya en mi hombro para coger su bastón y agita su sombrero como queriendo volar.

Yo sé que él puede hacerlo, no solo porque sea mi padre, sino, además, porque es mi héroe, un héroe que aprendí a querer más con el tiempo y que aprendí a valorar cada vez que me sentaba a su lado y me contaba sus dolencias mientras mirábamos la tele y discutíamos las noticias. Y lo veía sonreír, desde lejos, pero lo hacía, hasta ahora. Y comprendí que cuando él sonríe yo también sonrío, porque esos son los momentos tengo que guardar y atesorar para cuando sea tenga que abrir el cofre, para cuando papá me dice que ya no lo siga, que no es necesario que lo acompañe, que lo deje solo, y yo lo tomo del brazo porque no quiero que se vaya, pero él comienza a caminar.

Y lo recuerdo sentado en su sillón mientras oye que estaciono el carro y me ve a través de la cortina, cuando cruzo la puerta para abrazarlo, cuando le digo que el tiempo es nuestro en esta o en cualquier otra vida, o cuando simplemente le doy las gracias por haberme dado la oportunidad de ser su hijo.