La desigualdad ha existido desde siempre; la revolución francesa y las declaraciones de independencia no corrigieron ese problema, hasta el día de hoy la desigualdad corroe a nuestra sociedad. Ahora, en un mundo abierto, lo único que ha cambiado es que la evidencia es más visible, se pueden hacer comparaciones y lograr identificar el quid del asunto; seguimos siendo miserables. A continuación, una reflexión al respecto.
Los países capitalistas son más ricos que los países socialistas, la esperanza de vida también difiere entre ellos; dentro de los países, en nuestras sociedades, también hay grandes diferencias. Muchas veces nos distraemos en las comparaciones y mediciones de otras naciones, sin detenernos a mirar al interior del nuestro; los ingresos económicos constituyen un factor muy importante dentro de nuestra sociedad, pero menos importante entre las sociedades; esto se explica porque, dentro de ésta, estamos fijándonos en el estatus o en la posición que ocupamos respecto a los demás, marcando aún más las brechas que nos dividen.
La desigualdad afecta a todos los países, ricos y pobres, en mayor o menor medida; pero en el caso del nuestro, los problemas más comunes afectan mayormente a la franja inferior de la escala socioeconómica; algunos datos a tomar en cuenta serían: la esperanza de vida, las tasas de analfabetismo, de mortalidad infantil, de homicidios, de reclusos, embarazo adolescente, desnutrición y obesidad, enfermedades mentales, adicciones y muchos etcéteras. En nuestro país, que no es un país rico ni poderoso, nos aquejan todos estos problemas sociales y al ciudadano común no le interesa los indicadores como el PBI o la inflación; lo que verdaderamente le interesa es poder subsistir él y los suyos.
El bienestar de nuestra población, en realidad, no depende del PBI ni del crecimiento económico; depende, más bien, de la confianza, traducida en la proporción de la población que considera necesario confiar en la mayoría de las personas; sin embargo, es bajo el índice de la población que siente que puede confiar en los demás; esto es diametralmente opuesto a lo que sucede en los países desarrollados, donde sí confían en sus semejantes; algo similar ocurre con las medidas de participación ciudadana. La desigualdad también se hace evidente en la salud mental, teniendo como válvula de escape la violencia descontrolada, feminicidios y homicidios, así como las adicciones a sustancias tóxicas, entre otros.
La igualdad viene a ser el estado ideal y la desigualdad el estado real; lo que debemos procurar es acercar uno al otro, tomando consciencia de que la desigualdad no solo afecta a los países pobres; en todo país existen diferencias socioeconómicas, comúnmente se sigue considerando “clase social baja” a quienes se ocupan de tareas primarias que no requieren mayor calificación, en el medio se ubican aquellas ocupaciones manuales calificadas o técnicas, y subiendo llegamos a las ocupaciones profesionales. Quizá sea el momento de repensar y rediseñar estos indicadores establecidos de origen británico.
La desigualdad produce efectos psicosociales negativos, siendo necesario superar aquellos sentimientos de superioridad e inferioridad, así como esa competencia tonta por el estatus que nos empuja hacia el consumismo desmedido, dándole más importancia a cómo nos juzgan o cómo nos ven, nos sentimos amenazados en nuestra autoestima o a que nos juzguen negativamente, llegando -inclusive- a estresarnos por ello, siendo ésta la causa de muchas enfermedades posteriores.
¿Qué hacer? Preocuparnos por el futuro y ocuparnos de él, exigiendo la rendición de cuentas por parte de quienes nos representan y, dentro de nuestras familias, reforzando la idea de desterrar cualquier forma de discriminación o desigualdad; solo así vamos a mejorar la calidad real de la vida humana, reduciendo las diferencias entre nosotros.

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