En las elecciones del domingo, el 40% del universo de electores hábiles –de unos 25 millones 288 mil peruanos- no fue a votar o votó en blanco o viciado. Son siete millones de personas.
El 60% restante se repartió entre 18 candidatos, donde el primero obtuvo menos de tres millones de votos. ¿Qué representatividad puede haber acá? ¿Qué gobernabilidad puede conseguirse de un Congreso como este?
Usted, lector, pensará quizás que esto se debe a la pandemia. Falso. En las últimas elecciones parlamentarias, donde elegimos al Congreso actual, pasó exactamente lo mismo, el 40% no votó o votó blanco o vició su voto. Y no había pandemia.
Lo que hay es una desmoralización inducida, situación de la que los propios políticos aprovechan para culpar al modelo económico y la Constitución exigendo su cambio.
Es verdad que algo ha fallado. Pero no la Constitución ni el modelo, sino los organismos reguladores previstos para funcionar dentro de una economía libre. Estos son los que no hicieron su trabajo. La economía social de mercado es el modelo que la Constitución establece. En este el papel de los organismos reguladores es esencial.
Esa regulación ha fallado. El ejemplo más reciente, el del oligopolio de la energía. En el último paro de transportistas se hizo público por primera vez que el regulador Osinergmin había sido largamente sobrepasado por el oligopolio público-privado de una empresa estatal y una privada, que pasó por encima del regulador y elevó los precios muy por encima de lo que el regulador recomendaba. El propio regulador lo confesó al declarar públicamente que los precios fueron determinados por las dos empresas que producen los combustibles. Esto es lo que le permitió a De Soto intervenir en nombre de la economía social de mercado. Demostró que el oligopolio de la energía había generado una deuda masiva con los que pagan día a día un pasaje y con el que les presta ese servicio. Esta simple operación mental bastó para que los huelguistas pasaran de ser reclamantes a ser acreedores de una deuda que el Estado no paga. He ahí el instrumento de la desmoralización que desemboca en la indiferencia ante las elecciones.
Esto obedece a un plan para impedir la inversión en el país con el objeto de ponerlo de rodillas engañado a exigir que se derogue el modelo que le trajo 30 años de prosperidad. En lo inmediato, ese plan toma la forma de una campaña para promover el voto en blanco o viciado en el supuesto propósito de que se anule la segunda vuelta si esos votos llegan a los dos tercios. Es una trampa. El verdadero objetivo es desmoralizar a los electores y permitir ganar la Presidencia con una minoría absoluta de votos. Son tontos útiles los que caen en la trampa.
Desmoralizar al país haciéndole creer que es el peor desastre del planeta es solo la primera etapa. Toma 20 años, según los que lo conocen. Esos 20 años ya han transcurrido. Desde la primera vacancia presidencial estamos en la segunda: la desestabilización. La tercera es la captura del poder.

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