Un cuadro estadístico elaborado por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) muestra al Perú como el país que PEOR ha gestionado la lucha contra el Covid-19, también en materia económica. Según este instituto internacional, en el segundo trimestre de este año, el Perú ha soportado un declive de su economía superior al 30%. ¡Una verdadera catástrofe! No sólo por el hecho de que aparezcamos –otra vez más– frente al mundo como la nación peor administrada del orbe, sino por haber perdido más de 30% de nuestra solvencia económica en apenas noventa días, dentro de unas finanzas que ya venían contrayéndose por la deplorable gestión de los tres últimos mandatarios: Humala, PPK y Vizcarra. Si existiera liderazgo político e inteligente en el Perú, tamaño atentado sería hoy el fundamento de cualquier campaña electoral para los candidatos a mandatario. Pero como los peruanos hemos claudicado en todo, pasa desapercibida esa fenomenal pérdida de patrimonio que ha exhibido el país. Igualmente pasan inadvertidos asuntos de extrema gravedad como la Educación Pública (que no sólo es infame en su calidad, sino que enseña valores antipatrióticos, como acabamos de comprobarlo con unas clases virtuales donde se ensalza la figura del genocida Abimael, equiparándolo con nuestros héroes); o la inseguridad ciudadana, que nos ha transfigurado en unas de las naciones más inseguras del planeta; o la Salud Pública, donde aparecemos a la cola del mundo, ya que solamente contamos con 1,350 camas UCI, en vez de esas 5,000 que mínimamente requerimos, aparte de respiradores, oxígeno, y sin duda postas, hospitales, etc.

Esta impresentable realidad, tan venida a menos, reiteramos, hoy el ciudadano es incapaz de tomarla en serio para exigir a los aspirantes al Ejecutivo y Congreso que propongan iniciativas viables para superarla, exhibiendo modelos, plazos, presupuestos, etc., y poder así contrastarlas para adoptar una decisión juiciosa al tiempo de votar en año 2021. Nada de esto ocurrirá, amable lector. Los peruanos regresarán obligatoriamente a sufragar como borregos, y volverá a gobernar otro mandatario corrompido, inservible, demagogo e irresponsable, que continuará hundiendo al Perú. Lo que verdaderamente llama la atención es que la gente –sobre todo aquella que se dice pensante– esté abstraída en la trivialidad del ¿”qué dicen las encuestas”? ¡Como si aquello fuese fuente inspiradora para decidir por quién votar! Y más grave todavía, se solazan conversando –con pulcra erudición– sobre si mejor sería Forsyth, Guzmán, Urresti, etc., ese clan de engolados, inexpertos y figurettis, pero sobre todo charlatanes, que destaca en los sondeos; para luego pregonar ante el cenáculo familiar y amistoso la urgentísima necesidad de votar por alguno de estos fanfarrones que, según las encuestas –digitadas por este gobierno y los medios de comunicación vendidos al mejor postor– se perfilan como probables presidentes. Frente a esa idiosincrasia trivializada –símbolo de una sociedad en franca descomposición– nos enrumbamos a un escenario fatal, a punto de caer en manos del politicastro más demagogo, más profano, atrabiliario y peligroso, que sabrá derrotar a esos Forsyth, Urresti, Guzmán, etc. Todo un atentado contra las generaciones futuras.