Las cuatro semanas que faltan para las elecciones tendrán como eje del debate político la pandemia, la mortal y cataclísmica pandemia que terminó con la vida de 48 mil compatriotas, según cifras oficiales, o de 102 mil, de acuerdo al registro del Sistema Nacional de Defunciones, mientras un millón trescientos noventa mil resultaron infectadas; cifras altísimas, que ubican al Perú como la nación con mayor número de fallecidos en el mundo por millón de habitantes, un desastre sanitario que llama la atención de revistas especializadas como British Medical Journal, asombrada por ese resultado después de un largo confinamiento de la población.

La devastadora enfermedad ha proyectado, además, dolorosas e imborrables imágenes de impotencia, angustia y desesperación de millares de peruanos haciendo largas colas para acceder a balones de oxígeno o merodeando hospitales públicos y privados con la esperanza de encontrar una cama UCI para salvar su propia vida o la de sus familiares.

Son hechos amargos, tristes, inolvidables, que ocurren en circunstancias que nos enteramos – gracias a la prensa independiente – que Vizcarra, familiares, ministros y burócratas se vacunaron en secreto, a escondidas, tramposamente, y con ellos otras 400 personas, información que llega al mismo tiempo que conocemos que murieron en la primera línea de la lucha contra el COVI19, 277 médicos, 350 enfermeras, 600 policías y 355 militares, verdaderos héroes de la patria.

Cuando se escriba la historia de estos dolorosos e infames sucesos, conoceremos por qué el régimen de Vizcarra no construyó una plataforma sanitaria desde el inicio de la crisis, adquiriendo oportunamente camas UCI, equipos de protección, plantas de oxígeno y vacunas que hubieran salvado muchas vidas. Esta negligencia punible, acompañada de mentiras perversas, como aquella en que el destituido mandatario ofreció construir ochenta grandes hospitales para el 2019 y no edificó uno solo, será inevitablemente comparada con la eficiente gestión del presidente chileno Sebastián Piñera, que compró 35 millones de las mejores vacunas y ha convertido a su Gobierno en líder mundial de habitantes vacunados, con cuatro millones doscientas mil dosis.

También sabremos datos que hoy se ocultan en los escondrijos del secretismo de Estado. Uno de ellos por qué somos el único país en América agenciados de vacunas chinas, a pesar de su elevado precio y cuestionada eficiencia, bloqueando durante meses el registro e importación de marcas acreditadas como Pfizer, Moderna o Sputnik 5, de muchísima más calidad y bajo costo.

Vizcarra deberá rendir cuentas a la justicia por las graves acusaciones de corrupción que lo envuelven, pero deberá hacerlo más ampliamente en relación a su desastrosa e inhumana gestión gubernamental que hoy nadie discute, ni siquiera el Partido Morado – opuesto a su desafuero – y el propio presidente Sagasti, silente durante tres meses, que ha revelado que, al asumir el cargo, no encontró un solo contrato para comprar vacunas.

No dudamos que, en ese contexto, será la prensa libre y los deudos, que no pudieron asistir al entierro de amigos y familiares, quienes exigirán una explicación a un ex mandatario causante de esta devastación humana, que su mitomanía no podrá ocultar con pirotecnia verbal o enmascarándose para encubrir su verdadero rostro.