Lunes 12. Alguien tuvo que haber notado que estos diarios han variado de título. En lugar de «autor» he optado por la palabra «escritor». La nacionalidad sigue siendo la misma: polaca.
Martes 13. Hoy, según los astros, cumplo años. De acuerdo a lo que indicaba mi presagio, alguien me ha ofrecido trabajo. Tengo que corregir un libro de cuentos. Pese a que el dinero que se me ofrece es poco, he aceptado.
Miércoles 14. G se ha comunicado con el editor del uruguayo que planea publicar (el escribano de marras sigue desparecido y yo lo llamo, con sorna, «el oscuro autor uruguayo»). El editor, quien vive en Montevideo pero lleva una vida placentera en Piriápolis, le ha pedido dinero. Mi consejo para G ha sido que le diga a este editor que no le va a dar un centavo. G tendría, además, que contarle la verdad: que no tiene un centavo para darle.
Jueves 15. Tengo la convicción de que todos los países deberían tener al menos un escritor polaco. Desde Hungría hasta Ecuador. Todas esas literaturas deberían poseer un escritor polaco pese a que este no escriba en polaco ni se apellide Glik, Piszczek u Oleksy. Lo saludable es tener siempre a un escritor polaco.
Viernes 16. Fue Enrique Vila-Matas (a quien no leo hace mucho) el que dijo que era un escritor polaco. Lo dijo en la televisión francesa para evitar que lo cataloguen como autor mediterráneo (la imperdible anécdota la cuenta en una entrevista de 2017). Quizá desde allí me ha fascinado la idea de que cualquier escritor, desde cualquier lugar en el mundo, podría —y debería— ser un escritor polaco, como una manera de expurgar a la literatura de su país natal. Al finalizar el día, entrego el libro de cuentos ya corregido.
Sábado 17. Día extraño. Hoy Mario Vargas Llosa ha llamado a votar por la señora K. Para sorpresa y decepción de muchos, el Nobel ha publicado una columna («Asomándose al abismo») en la que afirma que la señora K tiene «más posibilidades de salvar nuestra democracia». Veo (leo) estupefacción en las redes (que es el único lugar en el que ahora todos existimos). Parece una mala broma, pero no lo es.
Domingo 18. Veo en Netflix Black is Beltza, un muy entretenido largometraje animado. A estas alturas debería estar viendo las nominadas a los Óscar, pero la pereza es un gato dormido en mi regazo.

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