El extraño formato del debate presidencial no permitió a los candidatos exponer sus ideas centrales –tenían un minuto para hacerlo– sobre cuatro temas seleccionados por el Jurado Nacional de Elecciones: pandemia, educación, seguridad y corrupción; y, además, no pudieron abordar otros asuntos de máxima importancia, como la política internacional que pondrían en ejecución a partir del 28 de julio.

En un mundo globalizado e interactuante no se debió soslayar este tema. Hubiera sido ilustrativo, por ejemplo, conocer la visión de los postulantes presidenciales sobre el régimen genocida de Venezuela, que ha provocado el éxodo de siete millones de personas, un millón doscientos mil de ellas al Perú; o saber qué piensan de las dictaduras de Cuba y Nicaragua; del apoyo chino y ruso a esos regímenes; de organismos inoperantes y politizados, de los cuales somos parte, como Unasur y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC); o, más directamente, de pactos multilaterales que hemos suscrito.

Uno de esos acuerdos, sin duda el más importante, es la Alianza del Pacífico, donde existe carencia de una política –y estrategia– compartida frente a la COVID-19. Los países que la integran –Perú, Brasil, México, Colombia y Chile– no han podido crear una plataforma de intercambio de información, experiencias y adquisición de vacunas, acentuando que se profundicen las asimetrías entre los Estados miembros.

Un informe del Fondo Monetario Internacional publicado por la BBC de Londres (Gestión 30/03/2021) revela que, en efecto, en materia de inversiones en sanidad, camas UCI y ventiladores, número de médicos y acceso de la población al saneamiento básico, especialmente agua potable, ocupamos el último lugar en la Alianza del Pacífico, lo cual debe preocuparnos por su incidencia negativa frente a la expansión-contención de la COVID-19. Más aún, un reciente reporte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) refuerza esas limitaciones al señalar que también nos encontramos a la zaga en camas hospitalarias y ventiladores mecánicos por mil habitantes.

Las cifras estadísticas indican que Chile, nuestro socio, ha tenido una gestión empresarial eficiente en arrostrar la pandemia, salvando muchas vidas y mitigando el impacto negativo en su economía. Mientras el mandatario Vizcarra hizo de la mentira un emblema, dejándonos desguarnecidos, sin vacunas, camas ni ventiladores, su homólogo, Sebastián Piñera, adquirió 90 millones de dosis para una población menor a 20 millones de personas, cinco mil camas UCI y 220 plantas de oxígeno medicinal, acciones complementadas con un incremento en las remuneraciones y seguro de vida para médicos, enfermeras, soldados y policías que están en la primera línea de batalla contra el virus.

Más aún, mientras nosotros hemos inoculado 600,000 dosis, los chilenos lo han hecho diez veces más, atendiendo un total de 6’795,818 personas al 31 de marzo, un promedio superior a 100,000 personas al día. Si hubiéramos construido una plataforma conjunta entre los miembros de la Alianza del Pacífico para actuar coordinadamente frente a laCOVID-19, nos habría ido mucho mejor y no estaríamos lamentando los 130,309 muertos que registra Sinadef, o presenciando las dolorosas y humillantes escenas de peruanos durmiendo en la puerta de los hospitales o aferrados a sus balones de oxígeno.

Estos temas forman parte de la política exterior de nuestro país, que no ha sido abordada.