Queridos hermanos, estamos ante el Domingo V de Cuaresma, cercanos a la Semana Santa y a la Vigilia Pascual. ¿Qué dice la primera lectura que es del profeta Jeremías? Dice: Mirad que llegan días, ya estamos en ellos, en que haré una Alianza nueva. ¿En qué consiste esta alianza? Meteré la Torá, es decir, la Ley, que significa “camino” en vuestros pechos e inscribiré a Dios en vuestros corazones, y seréis mi pueblo. Todos me conocerán desde el pequeño hasta el grande porque he perdonado vuestros crímenes y no recuerdo vuestros pecados ni vuestros asesinatos. Es extraordinario lo que hace el Señor con nosotros: mete dentro del corazón del hombre el Sermón del monte, que es la Torá cumplida que nos regala Jesús, gratis, sin esfuerzo.

Ánimo, hermanos, que el Señor perdona todos nuestros pecados, por eso respondemos con el salmo 50 que dice “Oh Dios crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Digamos con el salmista: Tú borras mis culpas y lavas todos mis delitos, limpias mis pecados, me creas un corazón puro. No me quites tu Espíritu Santo y devuélveme la alegría de la salvación. Enseñaré a los malvados tus caminos y los pecadores volverán a ti. Esto significa la evangelización de los alejados, de los gentiles. Los sacrificios no te satisfacen ¿Cuál es el sacrificio que Dios quiere? La humildad, aceptar ser humillado. El corazón humilde el Señor no lo desprecia.

La segunda Palabra, tomada de la Carta a los Hebreos, en síntesis, nos dice que Jesús aprendió, sufriendo, a obedecer. Esto es lo que nos está enseñando el Señor con la pandemia. Con el sufrimiento nos está enseñando a obedecer la Torá, la Ley de Dios, las Bienaventuranzas. Esto hay que vivirlo para poder decir lo que proclama el versículo antes del Evangelio: “El que quiera seguirme, que me siga”.

El Evangelio tomado de San Juan, nos dice que entre los que habían ido a celebrar la fiesta se encontraban algunos griegos que le pedían a Felipe: «Señor, quisiéramos ver a Jesús.» Cuando Felipe junto a Andrés se lo dijo a Jesús, Él respondió: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. ¿en qué consiste esta glorificación? Consiste en dar la vida, porque Dios de la muerte saca vida. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Por eso, hermanos, demos la vida por Jesús, por el Señor, y nuestra muerte no será infecunda, el que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. Por eso hermanos, dejemos a nuestros hijos la herencia más importante: la fe.

Transmitamos la fe porque es lo que nos da la Vida Eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor. Y ¿qué significa seguir a Jesucristo? Ir a la cruz con Él. ¿Por qué podemos ir a la cruz? Porque tenemos garantías fundadas que nos dan certeza de que aquel que da su vida, la encuentra, tiene vida eterna. Los cristianos somos servidores de Jesús. “Ahora mi alma está agitada, ¿Qué diré?: Padre, líbrame de esta hora.”

También nosotros podríamos pedirle al Señor que nos quite la cruz. Pero el Señor continúa: “Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.” El Señor ha venido para entregar su vida, para donarla en la cruz.

Por eso, hermanos, ánimo, dejémonos crucificar por el otro, por aquello que no entendemos; y encontraremos y dejaremos vida eterna. “Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”.

Ánimo, hermanos, que el Señor nos conceda este Espíritu, fruto del bautismo, que nos llama a la Vida Eterna y nos da garantías fundadas de su resurrección y de que Él está con nosotros. Pidámoselo a Él, a María y a San José, patrono de la familia, en este su año proclamado por el Papa, cuya fiesta hemos celebrado esta semana.

Rezad por mí, hermanos.

Con mi bendición apostólica.

Obispo E. del Callao