Queridos hermanos, estamos ante el Domingo IV de Cuaresma. ¿Qué nos anuncia esta Palabra, esta Buena Noticia? Dice la primera Palabra tomada del libro de las Crónicas: “los jefes, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando las aberraciones de los pueblos y profanando el templo del Señor”. Esto es muy importante, es actual: estamos imitando las aberraciones de los paganos. Pero Dios no quiere que el hombre se destruya, porque es su creatura. El hombre es la obra más perfecta que Dios ha hecho en la Creación. Por eso Dios les envió avisos por medio de los profetas para que se convirtieran, pero ellos no hicieron caso, se burlaron de ellos. Despreciaban y se mofaban de todo lo que estos profetas les anunciaba. Por eso fueron deportados a Babilonia que fue el inicio del exilio, de la deportación y fueron esclavos hasta el advenimiento del reino persa; y se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías: «Hasta que la tierra pague los sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta cumplirse setenta años». Pero fijémonos en Ciro, el rey persa, que era pagano, a quien el Señor movió para promulgar estas palabras:

“El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a ese pueblo, puede volver.” Esta Palabra se cumple hoy, hermanos. También en medio de esta pandemia, con los problemas psicológicos que está provocando en las personas y nos está encerrando en nosotros mismos, en nuestras casas, haciéndonos antisociales, es decir, que nos está llevando a una especie de exilio; Dios nos invita a convertirnos. Hemos cometido atrocidades, aberraciones, con el aborto, la eutanasia, la ideología de género, las guerras, el terrorismo, etc. Y hoy el Señor nos invita a regresar a Él.
Respondamos por eso, hermanos, con el Salmo 136. “Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión”, es decir, del Templo. “Allí los que nos deportaron invitaban a cantar; nuestros opresores, a divertirlos”. Cantadnos esas liturgias que tenéis en las misas, se burlan de nosotros. Y el pueblo de Israel decía: “Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha”. Que me quede sin trabajo, sin vida, porque Dios actúa en las personas y ha hecho memoriales de salvación. Y sino “Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías”.

La segunda Palabra es de la carta a los Efesios. Nos dice san Pablo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él.” Estáis salvados no por obras o esfuerzos, sino gratuitamente, para que no podamos presumir frente a los demás. “Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos”, es decir, para poder amar, poder vivir el Sermón de la montaña, las Bienaventuranzas; como nos decía el Papa Francisco en estos días en su visita a Irak. Por eso el versículo antes del Evangelio dice: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito; todo el que cree en él tiene vida eterna.”

El Evangelio según San Juan dice que Jesús se dirige a Nicodemo con estas palabras: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”. ¿para qué elevó Moisés una serpiente en el desierto? Para que todos aquellos que habían sido mordidos por las víboras, mirando se salvaran. Por eso esta Palabra nos invita a mirar, a contemplar la cruz de Jesucristo. Esto es creer en Él: mirarle. No cuesta nada, hermanos, mirar la cruz de Jesucristo y desear su espíritu. “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.” Por eso nadie puede condenar a nadie, ninguno puede juzgar. El único que puede juzgar al hombre es Dios y su condena ha sido la misericordia. “El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas”. Hay aquí un signo: ¿detestas la luz? ¿detestas la verdad? ¿detestas ser contrastado? Si lo detestas experimentas la muerte porque no aceptas la verdad, que es la luz.
Ánimo hermanos. Convirtámonos al Evangelio.

Rezad por mí.

Con mi bendición apostólica.

Obispo E. del Callao