El malecón Harris tiene la particularidad de arrojarme a la locura, a esa extraña actitud de pretender saltar sobre el acantilado para cazar la nostalgia de los peces como si acaso en la caída la soledad se convierte en un brazo que me detiene con el ala de un pájaro que desprecia a los suicidas. Los atletas cruzan sordos ante la voracidad de la mañana, del sol que se ha puesto al centro retándome, haciendo que pise mi sombra, sus manos de murciélagos que avanzan y hacen piruetas al ritmo de los golpes que le asesto al aire, a mi voluntad de apátrida y de orate. Prosigo. Recojo mis huesos y prosigo, empujo los pies, los muevo rápido hasta alcanzar la velocidad de los ciclistas que pasan, uno tras otro, sin advertir que a su costado, el hombre que corre en la vereda, estuvo a punto de hacer un clavado siniestro.

Uno, dos, continúo hacia donde los árboles desaparecen; uno, dos, hacia la desesperación, hacia la angustia; uno, dos, hacia el ataque de pánico, hacia las gradas que todo lo soportan; uno, dos, hacia el puente; uno, dos, abajo del puente, hacia su frío; uno, dos, hacia la costa que apenas advierten los fumones perdidos en los laberintos habilitados por la hierba. Uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno, dos, hacia la playa que pronuncia mi nombre cuando un pájaro le rompe el esqueleto al pez que asomó su aleta para burlarse de mi cansancio, de mi frustración homicida. Cruzo el Marina Club. Pienso en lo que podría ejecutar sobre los yates, en las surfistas que se aferran a sus tablas con la irreverencia de las olas y me detengo en la mujer que ingresa al agua con dos perros.

Continúo. Retorno a las surfistas aferradas a sus tablas, a los perros que ingresan al mar con esa mujer a la que he visto trotar en el malecón con la tristeza de los solitarios y me pregunto si con esos perros se ayuda a sobrevivir o a evitar las pastillas para calmar la ansiedad, el tedio, la rutina. Al frente, la locura es una piedra que cae del acantilado. Yo mismo soy una piedra que cae del acantilado, un gato que perdió sus siete vidas y lo único que le queda es correr, trotar por el circuito de playas, ir de Barranco hacia Chorrillos, todas las mañanas, para reconocer el muelle, el grito de los pescadores, la destreza de los pelícanos y los fantasmas que entrenan en Agua Dulce, Sombrillas y Los Yuyos. Un gato con el corazón expuesto en una de sus patas, mostrándolo al Pacífico como señal de resistencia, un gato con el corazón agitándolo en la brisa como una bandera macabra, un gato cansado, un gato bajo sospecha, un gato extasiado con el poder de la marea. Todo esto, abajo: arriba, en el malecón, un individuo que se presenta con mi nombre, señala el cadáver de otro individuo que flota bocabajo. A su alrededor hay sangre y en una de sus manos, el corazón. Su corazón intacto.