El 2003, con el poeta Jorge Espinoza Sánchez publicamos Perú Lee, una colección de literatura conformada por veinte títulos, de los cuales cada título vendimos a un sol. Fuimos dos escritores con el sueño de acercarnos a lo que realizó Manuel Scorza con Populibros y Barrantes Lingán con los Munilibros. Sin embargo, poner aquellos libros a disposición de la ciudadanía, pasaba por lograr estar legalmente en las calles. Fui a la Municipalidad de Lima a solicitar el permiso para instalar una feria en la alameda Chabuca Granda; Edwin Ugaz, otrora joven director de Centro Histórico, me dijo que se trataba de algo interesante, pero él tenía prohibido otorgar permisos para instalar ese tipo de ferias, pero que intente con el director de comercio informal; solicité una cita con el director de comercio informal y le expuse de qué se trataba, con el mismo tono amable de Ugaz, me dijo que lamentaba no estar autorizado para otorgarme el permiso, pero que intente con su superior. Fui donde el director metropolitano de comercialización.

El director me recibió en su oficina. “Buenos días, siéntese, dígame”, le expliqué sobre la colección y sobre el espíritu que nos motivó realizarla, le expuse sobre los autores, el formato de los libros, el precio, nuestra estrategia de venderlos en alguna plaza pública, la participación de los escritores firmando libros, no cobrando regalías sino apenas una cantidad simbólica de ejemplares con tal de que se materialice el proyecto. De pronto, observé al director de comercialización: su gesto cambió, del serio y amable funcionario, a un gesto de hombre conmovido. Me quedé en silencio. “¿Me permite que le lea un poema?”, preguntó. De repente, ese señor de quien dependían nuestros libros, me pedía leer un poema. “Claro”, respondí. “Yo te recuerdo prisión mientras combato / porque los hombres sean libres /porque crezca la paz sobre la tierra / porque ya nadie deje trozos de alma / agonizando entre tus piedras.” “¿Sabe de quién es?” volvió a preguntar. “No”, le respondí. “Es de Gustavo Valcárcel, mi padre. Está prohibido otorgar permisos para ferias en el centro histórico de Lima, sin embargo, crecí con un padre escritor y con una madre que estuvo a su costado luchando para que la cultura esté al alcance de los pueblos, no otorgarle el permiso sería contradecirlos.

Tiene usted el permiso, así arriesgue mi cargo”. Era el Dr. Gustavo Valcárcel Carnero, quien, un mes y medio después, perdió el cargo por otorgarnos el permiso. Yo tenía 25 años y comprendí que editar es un riesgo porque la cultura es peligrosa cuando se pone al alcance de los pueblos y aprendí que, en esa lucha, los editores y escritores no somos los únicos que formamos parte de esta columna de batalla sino también los funcionarios comprometidos, que los hay, los médicos que no son indolentes, que los hay, los obreros, los profesores y abogados honestos, que también los hay. Por eso, cómo no sentir emoción cuando la Municipalidad de Lima hizo suyo aquel viejo proyecto y, este lunes, Christopher Zecevich, gerente de Educación y Deportes, y Celeste Asurza, jefa del Programa Lima Lee, presentarán la colección Bicentenario 2021 que ha publicado diez mil ejemplares por título, que se distribuirán, gratuitamente, en todas las bibliotecas de la ciudad. Regístrese esta columna como un homenaje a Gustavo Valcárcel Carnero quien, desde la eternidad, seguro los ve con esperanza y gratitud.