Resulta curioso que “machete” se haya convertido en una polémica palabra que enfrentó a ambos bandos electorales en su disputa por conquistar las calles de Lima, lo que se tradujo en concurridas manifestaciones de simpatizantes este último sábado en la ciudad capital.
Ocurre con la palabra “machete” lo mismo que con la palabra “cholo”, que puede ser concebida con mucha ternura (cholito lindo) al tiempo que con total desprecio (cholo de mierda). Si bien su significado original es el de una herramienta que sirve para cortar y abrirse paso entre la maleza o como arma blanca, cierto es también que en el lenguaje coloquial toma dos acepciones contrapuestas: “el machete” o novio oficial en una relación amorosa, y “el machetero” o persona que agravia, injuria y hiere a otro. De este último significado viene “machetear”.
Lo que resulta irónico y hasta patológico es que muchos limeños expresaran públicamente que se sentían amenazados por la exhibición de estos cuchillos en el desplazamiento de sus contendores electorales, cuando iniciaron su camino hacia la capital desde distintas zonas rurales.
Si los ánimos no estuviesen caldeados por el resultado electoral, este pequeño detalle hubiese pasado desapercibido como un símbolo cultural más, casi casi como el sombrero que utilizó el candidato Castillo durante toda su campaña. Pero NO. El centralismo limeño tenía que buscar un elemento diferenciador que resalte un rasgo “peligroso” en su contendor.
El fracaso de la narrativa del “comunismo” degeneró en esta facilista narrativa del “violento usurpador”, que por supuesto se desvaneció cuando dieron las 12 de la noche del sábado, y el fin del mundo pronosticado en manos del cuco descentralismo que iba a tomar la capital por asalto jamás ocurrió.
Sucede que las narrativas oficiales urbanas no logran digerir aún que el campo conquistó hace muchos años las principales ciudades del país, así como sus comercios y servicios, que a pesar del déficit de vías y carreteras asfaltadas, el territorio nacional está más conectado de lo que imaginamos, que la economía nacional continúa su rumbo a pesar del absurdo ruido político, que las voces de los radicalismos siguen siendo ajenas y distantes a la mayoría de peruanos, que nuestra gastronomía, música, danza y cultura popular hace mucho que superaron las viejas taras aristocráticas y sus complejos por nuestra choledad y su informalidad.
Que el probable gobierno del candidato Castillo tenga el reto de administrar los distintos intereses que se disputan la gobernabilidad del país, no significa que su falta de competencia lo descarte como futuro presidente. Cueste lo que cueste, esa mitad del país que considera verosímil la narrativa del “cuco come niños” Castillo tendrá que asimilar –tarde o temprano— que la choledad e informalidad llegaron para quedarse. Y reconocer que ahora sí tomaron el poder del gobierno central.
Lo que toca hoy es proponer nuevas hipótesis sobre cuáles serán las consecuencias no buscadas de este nuevo episodio político que estamos por comenzar.

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