El domingo Evo Morales ha vuelto al poder. Las elecciones de Bolivia la semana pasada, y las del Perú, Chile y Ecuador el próximo año son las grandes batallas políticas del momento.

Muchos creen que el populismo es el factor primordial, porque las recientes clases medias latinoamericanas se hallan expuestas hoy por la pandemia a la recaída en la pobreza, y ven en esto el caldo de cultivo de la amenaza populista.

Pero pienso que lo decisivo en Bolivia sigue siendo el factor indígena, que aún pesa masivamente en el electorado. Es el caso también de las regiones andinas de Ecuador y del sur del Perú, y en Chile el de las minoritarias regiones mapuches del extremo sur del continente. La identidad étnica no es solo un factor cuantitativo, sino uno cualitativo, que vuelve a pesar hoy en la balanza política latinoamericana.

Hace medio siglo ya desde que se desbordó la migración masiva de los pueblos a las ciudades en todo el continente como en todo el planeta. La migración ha cambiado la geografía política en todas partes.

Paralelamente comenzó también una deserción masiva del segmento educado de las sociedades que abandonó al Estado a su suerte en todas partes.

Esta deserción abarcó progresivamente la magistratura de la administración de justicia, la seguridad ciudadana, el magisterio de la educación pública, la atención de la salud. Los jóvenes más educados prefirieron las empresas modernas. Y, para defenderse del Estado arcaico, se atrincheraron en el oligopolio privado: de la energía, de las finanzas, del comercio, de las telecomunicaciones, de los medios. En las economías pequeñas el oligopolio hasta parece un hecho natural.

Una tecnocracia mediana nacida en el Estado pasaría desde entonces a copar la función pública en las economías y las sociedades latinoamericanas. Con una educación técnica mediocre y una fuerte carga de reivindicación social y política (introducidas luego de contrabando en el derecho), el Estado se fue convirtiendo poco a poco en un instrumento de lucha política, de confrontación y retaliación contra el ámbito privado. Y la segmentación de lo privado y lo público fue adquiriendo un perfil social estratificado, étnicamente identificado, que albergó con el tiempo un mal disimulado racismo y se convirtió en el neo-etnicismo que hoy gana las elecciones en Bolivia a la tecnocracia de Carlos Mesa, cada vez más aislada.

Sin liderazgo, carente hasta de una narrativa convincente de inclusión, la inercia ha ido produciendo la actual dinámica social latinoamericana. Y la pandemia ha venido a llover sobre mojado. Este es el volcán del que emanan el desencanto y la ira contestataria en todas partes.

En las elecciones de los otros tres países andinos el próximo año se miden las fuerzas centrífugas de la confrontación política y la división étnica, contra las fuerzas centrípetas de la inclusión económica en el mercado y la ciudadanía en la nación.

En el Bicentenario, el Perú va a recordar que es mucho más antiguo que la República.