1984, del escritor inglés George Orwell, es una novela de ficción distópica que muchos críticos literarios consideran una síntesis del totalitarismo de Hitler y Stalin. La obra nos describe una sociedad controlada por un Estado omnipresente que no solo suprime todo tipo de derechos, sino también condena a aquellos ciudadanos que no demuestren suficiente fidelidad a la “causa nacional” (que no es otra que la del partido gobernante de turno). La relectura de esta obra tiene un mérito notable: crearnos la sensación de que lo narrado en ella se ha convertido en realidad. No solo por la incorporación de la videovigilancia pública, sino también de “los minutos de odio” a través de los medios de comunicación masivos. Mediante estos últimos, hoy podemos enterarnos de situaciones reales o no, de la vida de artistas, políticos, líderes de opinión, etc. Es como si se hubiera instalado un gran aparato de propaganda o Ministerio de la Verdad, al que habría que añadir uno más: el de ajusticiamiento.

Las líneas precedentes sirven como introducción para describir una penosa noticia propalada el pasado mes de enero. Durante una audiencia pública virtual, un abogado olvidó apagar la cámara de su equipo informático y fue captado manteniendo relaciones íntimas con una mujer. La trasmisión de estas imágenes tenía que ser suspendida por el responsable del manejo de los equipos digitales, pero ello no sucedió y, más bien, se identificó con nombres y apellidos al protagonista del escándalo, además de que su “audacia” fue difundida en diferentes redes sociales, inclusive las dedicadas a la difusión del derecho. Si bien lo que hizo este abogado era reprochable y lo hacía merecedor de una sanción, se debía respetar su intimidad, por cuanto su conducta bien pudo obedecer a un acto exhibicionista, aunque también a un descuido.

La intimidad de una persona ha sido reconocida jurídicamente como aquel espacio en el que los terceros no pueden tener ningún tipo de injerencia. Solo la persona tiene la facultad para disponer su limitación por diversas razones. Por ejemplo, por el desarrollo de una actividad pública artística o política. Sin embargo, sea por disposición o imposición de las circunstancias, este espacio se reduce y se relativiza cada vez más a causa de las nuevas tecnologías y la necesidad de establecer seguridad a través de la vigilancia electrónica.

Unida a la noción de intimidad, tenemos el de vida privada, que es aquel ámbito de nuestro desarrollo personal o familiar que encierra espacios de desenvolvimiento en los que el Estado o terceros no pueden intervenir. Estos espacios son variados: desde el derecho de mantener en secreto nuestras ideas políticas, creencias religiosas y comunicaciones, pasando por el espacio en el que habitualmente vivimos y el patrimonio que tenemos, hasta aspectos relacionados con nuestra salud física o mental, la sexualidad, entre otros.

Hoy somos testigos de la existencia de un nuevo totalitarismo que justifica su intervención mediante una redefinición colectiva de “justicia”, “verdad”, “libertad” y “seguridad”, pero que finalmente menoscaba y destruye derechos fundamentales individuales. Derechos que a cada uno de nosotros no solo nos convierte en especiales, sino también en titulares de dignidad y, por lo tanto, de respeto.