Sucedió hace 30 años. Tras el atentado todo es confusión y gritos en esa calle concurrida de nuestra ciudad. No hay, felizmente, muertos pero las esquirlas del coche bomba han herido a muchos. El escenario es dantesco: humean los fierros retorcidos y una atmósfera de oscura ceniza se dispersa.

Nadie ha reparado que en una de las esquinas un mendigo está hincado en el suelo abrazando a algo que no se mueve. La policía llega y los bomberos y los curiosos van de aquí para allá, todos sin atender ese llanto quedo que se pierde entre las sombras y las sirenas de las ambulancias. Al cabo de un rato debe despejarse el área y entonces alguien le pide al mendigo que se pare. Como no hace caso, un policía lo toma del brazo y él, entonces, se deja llevar resignado, ido, dejando en el asfalto a su fiel perro muerto en el ataque.

Nada tenía en el mundo salvo ese perro sin nombre y sin linaje. Con él compartía los mendrugos y la calle y sólo a él le confiaba sus sueños y sus cuitas, las verdaderas, las que sólo se pueden decir a una oreja que pareciera que no escuchase.

No conocía la frase de Byron: mientras más conozco a los hombres más quiero a mi perro; él, que conocía demasiado bien a los hombres y que no tenía nada más que un perro en el mundo a quien amaba porque era lo único que le habían permitido los años y las calles por las que deambuló sin prisa, aparentemente colmado por los ocasos y las vigilias. Sin saberlo se reconocía en la limosna pero también en el desdén; todo aquel que lo frecuentaba decía que era un loco, un pobre, o un manso de corazón. En las tardes más frías de agosto, se refugiaba con su perro en un cobertizo y allí los dos permanecían quietos y callados como si esperaran algo.

Al igual que San Francisco y el lobo, este monje de muladar y su santo perro dieron testimonio diario de la fidelidad y cantaron en coro el de profundis clamavi ad te, Domine, desde lo hondo de mí, clamo a ti Señor, escucha mis quejidos. Sin nada que abrazar y que guardar, comprendieron lo que un abrazo significa. Desprendidos de todo, alcanzaron quizás todo. Conversos por las adversidades y el destino, vieron lo que sólo se puede ver desde la oscuridad y la carencia. A su modo, cruzaron -como añoraba Nietzche- al otro lado en el que aparentemente no hay nadie ni nada pero desde donde se puede disfrutar, como sólo disfrutan los niños, el a veces incomprensible hallazgo de la vida.

Ninguno de los dos tenía nombre y, probablemente, historia. Eran parte indesligable de un triste paisaje. El mendigo solía de cuando en cuando cantar y el perro lo acompañaba con sus ladridos. Nadie tenía idea de su edad, aunque parecía prematuramente envejecido. Caminaba con cierta dificultad y había quienes decían que el perro para ir a su ritmo aprendió a cojear. Al caer la tarde ambos se perdían en un horizonte de enredaderas en dirección al río Rímac.
¿El mendigo y el perro?… No. Dos mendigos, de tantas cosas que faltan en el mundo.