En febrero de 1997, Bohumil Hrabal, ya recluido en el hospital donde pasaría sus últimos días, se cae del décimo piso mientras intenta dar de comer a unas palomas. Para ese entonces había dejado escrita una extensa obra, entre la que destacaba notoriamente la novela Trenes rigurosamente vigilados.

La trama se ambienta en la Segunda Guerra Mundial, durante la ocupación alemana en Checoslovaquia. Miloš Hrma es un jovenzuelo que labora en una estación de trenes junto a personajes tan disparatados como Hubicka, el Don Juan del lugar, y un jefe de estación obsesionado con las palomas.

Pese a que el libro venía con muy buenas recomendaciones y críticas, no me gustó tanto como pensé. Incluso su adaptación cinematográfica recibió un premio Óscar en 1967. Tal vez elevar la valla es un error común antes de iniciar ciertas lecturas que llegan con un acantilado de buenos comentarios detrás.

La novela es hilarante de principio a fin, aunque llena de altibajos. Tal vez su punto más débil es ese mundo ferroviario con el que uno no termina por engancharse. También existe la sensación de que la novela pudo explotarse más porque el lector nota cómo esta cae en una mesura inexplicable.

En 1967, el danés Jørgen Leth estrenó el cortometraje Det perfekte menneske, en donde se ve a un hombre y una mujer realizando actividades tan domésticas como quitarse una media o ingerir los alimentos, mientras una voz en off describe su rutina.

Resulta que a Lars von Trier siempre le fascinó este filme y, muchos años después, le propuso a Leth hacer cinco versiones de aquel bajo cinco premisas, es decir, cinco obstáculos o reglas a seguir. De esta descabellada idea nace el documental De Fem Benspænd.

Las cinco reglas o condiciones son inauditas. Por ejemplo, una de ellas estipula que el cortometraje tendrá que ser filmado en Cuba y sin escenario. El resultado de este campo de experimentación cinematográfica resulta demasiado estimulante; es más que recomendable para los futuros cineastas.

El documental alcanza unos picos muy elevados de belleza, sobre todo hacia el final. El misterio de la perfección creadora, la del artista, busca ser bloqueada con cada obstrucción de Lars von Trier. ¿Para qué? Pues para demostrar que es también necesario perder el miedo a realizar un fiasco, lo cual otorga inevitablemente una alta dosis de libertad. Y así, «el hombre perfecto» (traducción de Det perfekte menneske) se libera del estigma de tener que serlo a cada instante.