Lo ocurrido durante la semana que comenzó el martes 10 de noviembre en curso, recrea, cambiando lo que haya que cambiar, el relato shakesperiano sobre el grito de Ricardo III de Inglaterra que próximo a la muerte, en batalla, ofrecía su reino por conseguir un caballo, con el cual pensaban ayudarse a conservar ese reino.

Aquí el grito viene de un manifestante que alienta a sus camaradas a seguir lanzando piedras a la Policía, arriesgando incluso su propia integridad: “…sigue, sigue, matan uno, se jode Merino…”.

Relajada la euforia “protestante” (he escuchado a más de un periodista referirse así a los manifestantes), por el partido Perú –Chile del viernes 13, el sábado 14 ocurre no una sino dos lamentables muertes, de jóvenes que no superaban los 25 años de edad.

Bastaron esas muertes para que tirios y troyanos, comenzando por miembros de su propio partido que venían hostigándolo desde el mismo lunes 9 (¡vergonzoso!) le jalaran la alfombra a quien desde marzo de 2020 ocupaba el cargo de presidente del Congreso y resultó como tal llamado constitucionalmente a asumir la función presidencial de la República, luego que el evidente incapaz moral y funcional que ocupaba ese cargo fuera vacado con votos de más de cuatro quintas partes del número legal de congresistas.

Estoy convencida, y confío en que las investigaciones así lo demostrarán, que en el grito reclamando un muerto para acabar con la gestión transitoria de gobierno de M. Merino, tienen mucho que ver quienes azuzaron las marchas y terminaron beneficiándose con el poder tanto en el Ejecutivo como en el Legislativo nacional.

Morados y rojos, curiosamente los dos grupos menores en apoyo popular, a tenor de las elecciones del 26 de enero último, resultaron catapultándose al poder a raíz de la penosa muerte de ambos jóvenes.

En este contexto, resulta también dudosa la validez de la renuncia formulada el domingo 15 del mes en curso por M. Merino a su condición de presidente del Congreso y a la presidencia de la República, esta última, en verdad, propiamente una encargatura de la función presidencial como señalé la semana pasada. Tremenda presión mediática, grupal y social, sin duda eliminaron un requisito esencial, infaltable, para la validez de la renuncia y de todo acto jurídico, la voluntad. No hay voluntad si existe una presión irresistible.

Por ello, aunque solitario, mi voto ese domingo 15 fue contrario a cohonestar el despojo de un cargo y función, legítimamente asumidos.

¡El tiempo es el mejor amigo de la verdad!