Se acostó luego de ver los noticieros, con el corazón apretado. Nueve mil contagios en un día y una cifra de muertos que prefería olvidar. La peste había crecido. Cerró la sesión de Facebook, convertido en obituario. Apenas podía respirar, ansiedad. Tomó una pastilla para emprenderla a la evasión. Se conectó a Netflix, corrió entre serie y serie para domar a la bestia asustada que habitaba en él. Apagó sin tomar ninguno de los libros de su mesa de noche, la historia medieval, el manual de estadística, la vida de Pericles (muerto en la peste de Atenas).
No podía asumir que el auxilio psicológico fuera caro o que ninguna plataforma gratuita de la mente acompañara su encierro. “El gobierno debería subsidiar acompañantes virtuales, pero no alcanzarían”. A decir verdad, se sintió una rareza, la gente (aunque cubierta) pasaba como si la vida exterior a su casa fuera una y la interior fuera muy distinta. Conforme hacía efecto la sustancia, fue ganado por el sueño. Era agradable, tanto como dormir con las melodías de Lizst. Miró su lámpara sin pestañear hasta que finalmente sus ojos se cerraron.
Caminaba por el Jirón de la Unión, preguntó por unos zapatos y por unas prendas. Cruzó Emancipación y se bebió un jugo de naranja dulcete. Unos ojos se prendieron de él, mucha gente apretujada observando las acrobacias de un personaje. Los niños parecían librados de las páginas de Dickens, arremolinados en torno a él. Intercambió palabras con un hombre en el portón de La Merced. Se encontró con un amigo antes de llegar a la plaza, tanto tiempo. Un abrazo y frases que se cortaban por la prisa de ambos al hablar. Siguió su camino y al descansar sobre las cadenas circundantes de la pileta recordó recién que hay una peste que se contagia con el aliento, que vuela como nieblas y que aterra, que ya debía estar contagiado. Nadie usaba mascarillas, él tampoco. El corazón le estallaba. Se había expuesto ¿Qué lo había llevado a una calle de gente tan inadvertida y qué hacía él allí, siempre tan meticuloso? Se había raspado las manos con el alcohol durante meses, le ardían los dedos. Abrió los ojos, azorado aún, vio su mesa de noche, la lámpara. Supo muy de a pocos, que estaba a salvo porque había permanecido en su cama. Respiró, a sabiendas que esta noche, el mal sueño lo volvería a emboscar.