Dr. Luis Sánchez

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Los vacíos existenciales

En estas últimas fiestas por motivos personales viajé en unión de mi esposa a la hermosa ciudad de Medellín, Colombia, y de ida, viajamos con una joven monja, que había ingresado a su congregación a los 17 años, en la actualidad tiene 33, nacionalidad colombiana, trabaja en Ayacucho con una población de adolescentes, en el área educacional, se le percibía una religiosa identificada con su vocación, pero con poca experiencia de vida, sujeta a las normas exigidas por su congregación; y por una curiosidad sana, le preguntamos sí en alguna oportunidad se quitaba el hábito y se colocaba una ropa más ligera dentro de su propia casa religiosa. Nos contestó que nunca se quitaba el hábito, porque significa la consagración, es decir, su vida dedicada al Señor, y había desarrollado lazos fuertes con relación a su fe. Lo que es muy respetable, empero sin pretender cuestionar su actitud y vocación religiosa, nos pareció una actitud muy exigente, que no te permite pensar sino aceptar las normas tal como son. Partamos de la realidad de “que el hábito no hace al monje, sino las decisiones que asumes en la vida”, lo que no significa que un poco de flexibilidad en la forma de ser no afecta en esencia la vocación que has elegido y considero que Dios no se enojaría en lo absoluto, todo lo contrario se alegraría que te des tus espacios sin dañar a nadie.

A nuestro retorno, viajamos con un sacerdote de edad madura, que había viajado por todo el mundo, había ayudado a mucha gente en la consejería pastoral, en los momentos de meditación, cumpliendo su apostolado con los feligreses, compartiendo con su familia, casados, con hijos y nietos, pero nadie se preocupaba de su mundo interior y sentía la necesidad de recibir amor, cariño, motivación. Todo el mundo lo percibía como el ser humano perfecto sin serlo. Disentía de muchas cosas en las que no estaba de acuerdo con la congregación, buscaba respuestas emocionales y no racionales, como toda su vida lo había sido, encontrando respuesta para todo, empero en su interior se sentía vacío, solo, olvidado, ya que el sacerdote es de carne y hueso y necesita mucha ternura, no solamente de Dios, sino de una compañera, con quien compartir momentos felices y delicados, buscando la solución, incluso estaba de acuerdo con la abolición del celibato, lo que nos pareció razonable, justo, equitativo, en beneficio de la salud mental.

Nos despedimos con un abrazo, intercambiamos correos; y le dijimos que no hay edad para enamorarse y que no se preocupara llegar a una edad madura, lo importante es no llegar en vano.





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