Solo hay dos motivos que podrían llevarte a decir que Dunkirk es una obra maestra: o bien has visto poco cine (muy poco, debería darte vergüenza), o bien eres el mismísimo Christopher Nolan que adora lamer la imagen de su rostro en el espejo mientras se repite que es el mejor cineasta que el mundo ha parido. Y bueno, no hay que darle muchas vueltas al asunto para saber qué papel te corresponde ante tan pocas opciones.

Dunkirk. Película bélica, histórica, caótica, agónica, anémica. Nolan es el amo del séptimo arte según Nolan, y en este largometraje ha demostrado que no está a la altura de su ambición (suponiendo que tenga alguna, suponiendo que posea algo llamado ambición). La crítica —esa cosa informe que se aglutina en Rotten Tomatoes— ha decidido por unanimidad que aquí Nolan ha llegado a su punto máximo como director y que quizá ya no queda Nolan por descubrir: este Nolan, dice la crítica, es su mejor versión y la mejor versión de cualquier director de cine hoy en la actualidad. Cosa discutible, por supuesto, tomando en cuenta que estos elogios empezaron a darse en pleno rodaje del filme.

Dunkirk narra la famosa Operación Dinamo. La gran evacuación. Un eufemismo que se traduce en la huida de miles de soldados del bando de los Aliados. Ya saben, Hitler perdonando la vida de franceses y británicos que aprovecharon la inacción de las tropas alemanas para escapar de la carnicería que les esperaba. En fin. Cosas del Führer.

Obra maestra no es, como ya dije. Quizá llega a película regular, a película que te hace levantar el dedo pulgar, a película que está bien mirar si no hay nada más importante en qué ocupar el tiempo. Se trata de ese tipo de cintas que podrían pasar desapercibidas un domingo por la tarde en televisión nacional. Justo lo que podría gustarle a un padre de familia como para distraerse de la azarosa semana de trabajo: soldados, balas, explosiones, muertos y demás decoraciones de la guerra. Un blockbuster, en suma. Una película que está hecha para generar taquilla, ante todo.

Sucede que a Nolan le gusta dejar su forzada impronta, su sello de agua, su apellido impreso como marca industrial del cine que produce. Por tal motivo, aquí desarticula una historia lineal y altera el orden cronológico sin ningún propósito, sin favorecer en nada al relato. Desorganiza lo que no merece ser alterado y, en el proceso de romper las partes, arruina la materia prima.