¿Por qué lo hace? Pues porque es Nolan, y Nolan es de ese tipo de directores que posee un estatus o un reconocimiento que le permite hacer lo que se le da la gana (un reconocimiento que, incluso, lo obliga a seguir el azar de su propio antojo). El resultado es una historia por momentos confusa para el espectador, quien se encuentra ante un rompecabezas donde cuesta mucho encajar las piezas, donde prima el caos y el desconcierto.

Pero ante esa súbita desorientación, uno fija la atención en los detalles más efectistas y cede ante la pirotecnia: esas hermosas embarcaciones derribadas por los nazis y las acrobacias aéreas de los cazas. Si algo bueno tiene esta cinta, es justamente la acción que se despliega en estas escenas.

Nolan desaprovecha todo lo que en la cinta queda como mera intención. Por poner un solo ejemplo: Tom Hardy permanece el 99.9 % de la película con el rostro cubierto (a lo Mad Max) y dentro de uno de estos aviones de combate que intentan frenar el ataque aéreo alemán. Vaya manera de limitar a un grandísimo actor quien tiene que depender exclusivamente del movimiento de sus cejas para expresarse.

Mientras el espectador comprende y ordena ese caos cronológico muy mal articulado por el director, la cinta ya ha contado buena parte de su trama. Los soldados británicos han huido y todos marchan felices a sus hogares en medio de un ambiente de exagerada algarabía que aún resulta tolerable para el espectador. Sin embargo, la escena anterior al escape, la de aquellos barcos llegando a lo lejos para salvar a sus compatriotas, es de una sensiblería tonta, ingenua, risible y propia de una comedia romántica. Y para empeorar esta escena, la música subraya el drama, lo hace demasiado evidente, le otorga luces de neón.

Por las altas expectativas sobre esta cinta, la decepción llega a ser tan enorme como el ego de Nolan y su capricho de filmar en un formato IMAX 70mm. Y dicho esto, no te pierdes de nada si la miras en un televisor inteligente o en el celular porque es muy pobre lo que ofrece el filme. Dunkirk es apenas una pequeña isla sin nombre si la comparamos con los grandes paraísos del cine bélico. O también si la comparamos con trabajos más recientes como Under Sandet.