El écrivain raté es una ave rara aquí y en algunos lugares más. Ave rara porque ha querido vivir de la escritura y no lo ha logrado, empeñando en el camino su tiempo y su silencio. Es raté porque, habiendo descolgado algunos premios, la luz de la gloria le ha sido breve y como opaca, de manera que no ha entrado al fugaz Olimpo. Se ha esmerado, qué duda cabe, y lo han traducido al inglés y al alemán, pero no al neerlandés o al griego, como él quería, porque el écrivain raté es un escritor a medias. Es un hombre a medio construir, abandonado de la mano de su dios perezoso. En él se cumple la desdicha de que darlo todo no implica obtenerlo todo a cambio. Y él le ha dado la vida al notable oficio de écrivain, hasta que la muerte le ha susurrado al oído que ya es tiempo de acabar con su tiempo. Antes, aunque nunca de manera copiosa, ha probado mieles: un viaje hacia un país exótico como escritor invitado, algún intercambio veloz de palabras con algún colega mejor posicionado (el que sí habita en el Olimpo), un pequeño homenaje en la ciudad donde nació y quizá, con un poco de suerte, una novela long-seller. Porque de suerte está hecho el écrivain raté. O, mejor aún, de su ausencia. Y lo que ha hecho siempre ha sido compararse con sus análogos y preguntarse: ¿qué estoy haciendo mal para tener menos suerte que ellos? O: ¿qué hacen ellos para tener mejor suerte que la mía? El écrivain raté es, por naturaleza y defecto de fábrica, un escritor lleno de envidias que le infectan el hígado y los pulmones, un ser dado a la desgraciada contemplación del éxito ajeno. Sucede que su alfabeto es finito y a él, anónimo dentro de un oficio secreto, el lenguaje se le ha ido desgastando como el filo de un cuchillo, metal nocturno que no mata y apenas hiere. Si la juventud lo visitara otra vez, como una segunda oportunidad, trazaría otros caminos, daría el doble de su tiempo y su silencio. Dar más de lo que se tiene para recibir lo inimaginable. Solo entonces su única satisfacción será la certeza de que lo intentó de veras. Y será feliz en su medianía. Y de noche dormirá sin antes reprocharse nada. Con una sonrisa en el gesto. Con una leve herida en el corazón.

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