Decía un político que no se puede programar ser presidente, pero en relativo alcance sí se puede ser parlamentario o ministro. A veces tener vínculos o preminencias partidarias en un sistema que no escapa de lo que Robert Michels llamaba “la ley de hierro de las oligarquías” da lugar a cualquier cosa. Mas, nada es más efímero que el poder, dejarlo doblega el temple, te olvidan, vagas en la nebulosa de esos millones de ciudadanos que despreciaste desde tu breve trono. Ocurre menos con presidentes, más con los grandes colectivos.

No recuerdo mucho a los parlamentarios, salvo que hayan estado dos décadas en mi retina. La mayoría se fue de la memoria, lo que debería comulgar con lo absurdo de la arrogancia y lo pueril de la ilusión del poder. Sucede con la belleza cuando es en demasía, la vejez hace más escarnio de ella y sus caricaturas son más definidas. La fama puede golpearte, mortal, si es huidiza. La belleza es una forma de poder a tenor de experimentos en los que favorece éxitos y reduce los juicios morales en su contra. La belleza es un fantasma que pasa raspando más aún para quien no cultivó nada dentro y no dejó tampoco nada para después.

Poder y belleza, conceptos que suelo asociar con la “vida y la sensualidad, con el vigor, la dinámica y la salud”, pero engañoso patio. Sologuren pensaba en su hija cuando escribió: “porque cogí la mariposa /no en el jardín/ sino en el sueño/ (…) porque el niño aún (que fui que a veces soy)/ despierta y ve/ la mariposa/ volar en el jardín/ que ya no sueño”. Y así, desde la gloria ida verás abrirse el sol con los ojos cerrados y al abrirlos también lo verás, pero será ensoñación y aunque alargues la mano no estará allí. Y así el valor de las pequeñas cosas se pierde cuando al crecer se tornan en grandezas fugaces. Quien conoce París sufrirá volver a la vida de la abigarrada provincia en América, quien conoció del lujo, de la mejor pantalla, del mejor volante, del grueso de la riqueza a plazo contado. Sabrán, sí, del dolor de los contrastes. Max Hernández (sobre Garcilaso) tituló “la memoria del bien perdido”, nostalgia pura.

Frente a tal encrucijada, nada iguala a la sencillez del habitual paseo madrugador por el parque. No será fugaz ni alevoso. Él estará allí mientras yo esté.