En Suicidios ejemplares, un célebre libro de cuentos del español Enrique Vila-Matas, destaca el relato intitulado «El arte de desaparecer», sobre el cual hace mucho quería escribir pues su reflexión sobre la escritura es, a mi parecer, más que elogiable.

Si bien en el relato se han camuflado no pocas ideas que tendrían mejor exposición en un ensayo, el asunto del cuento no deja de ser irreverente. En la isla de Humbertha, una peculiar porción de tierra en donde las palabras son pronunciadas siempre con una hache de por medio, vive Anatol (o Anathol), quien es un escritor secreto que tiene «siete extensas novelas en torno al tema del funambulismo» encerradas en un baúl y que ha ido acumulando a lo largo de cuarenta años (sus escritos son una incógnita por la simple razón de que Anatol nunca ha publicado nada. Solo se ha dedicado a escribir. Nótese aquí la sutil y enorme diferencia).

El día de su jubilación como profesor de un instituto recibe una extensa ovación que lo hace apreciar las bondades del reconocimiento público. A él, que siempre había evitado el más mínimo roce de su escritura hermética con el mundo real, le place con no poco candor aquellos aplausos y piensa en aquella vida que no ha vivido. La vida del escritor laureado. La vida del escritor que recibe felicitaciones y medallas mientras habita entre nosotros. La vida del escritor que suele sonrojarse ante el halago ajeno.

Pero Anatol defiende su ostracismo literario. De alguna manera, está satisfecho con ser un escritor que mantiene una existencia anónima. Se pregunta, por ejemplo, «¿en cuántos lugares de este mundo (…) no habrá en este instante genios ocultos cuyos pensamientos no llegarán nunca a oídas de la gente?». Sin embargo, ya ha descubierto que los aplausos y el reconocimiento popular, debido a su labor como docente, le resultan agradables. Una gota del elogio público ha caído sobre la punta de su lengua, y él la ha probado y le ha sabido a miel.

Luego de su jubilación, a Anatol se le encarga realizar el prólogo de un libro de fotografías que prepara la institución en donde laboraba, y él teme que, al notar lo bien que escribe, logren descubrir su oficio secreto. Su temor no es para nada infundado, pues este libro llegará a manos de un conocido poeta humberthiano, el cual le propondrá la publicación de sus ocultos manuscritos.